11.12.17

Lowell total

Poesía Completa (tomos I y II
Robert Lowell
Traducción de Andrés Catalán (tomo I) y de A. Catalán y José de María Romero (tomo II). Vaso Roto. Madrid, 2017. 672 páginas y 1.104 páginas. 

Mientras las listas españolas de libros más vendidos son acaparadas por la lírica dizque “juvenil”, se suceden las apariciones de sólidas obras monumentales, en tamaño y excelencia, como las poesías de Eliot, Bishop, Williams o Frost. Andrés Catalán, traductor de este poeta, lo es también de los poemas del yanqui Robert Traill Spence Lowell IV (Boston, 1917- Nueva York, 1977), cuya obra no había gozado hasta ahora de la recepción que merece, algo llamativo si tenemos en cuenta su importancia en el panorama poético contemporáneo. Dos breves antologías (en Visor y Cátedra) y un libro (en Losada) era todo su legado en España cien años después de su nacimiento. Conviene decir cuanto antes que la reparación de ese olvido llega de la mejor manera posible, en fondo y forma. Dos gruesos y elegantes volúmenes bilingües reúnen su poesía completa. El primero, los libros publicados entre 1946 y 1967 y el segundo los de la década siguiente. Los tomos se abren con sendos prólogos y ambos cuentan con un abundante capítulo de notas al final, algo, explica Catalán, imprescindible si se quiere comprender cabalmente esta poesía culta y compleja. Se basa en la edición de Frank Bidart (Collected Poems, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2003), aunque para algunos libros elige otras fuentes.
A Lowell se le considera fundador de la “poesía confesional”, un “concepto polémico, parcial y confuso” que reacciona contra el Modernism y el New Criticism; un movimiento en el que, además de Lowell, se incluye a poetas tan influyentes como sus alumnas Sylvia Plath y Anne Sexton. La “vida íntima” y el “devenir diario” están en su centro de atención, expresados de una forma conversacional. De ahí que sea tan importante la novelesca biografía de Lowell. Nunca fue más cierto lo que dijo Paz: que la biografía de un poeta está en sus versos. Sin olvidar que propició “una confusión entre lo público y lo privado”; entre lo “personal y familiar” y “la historia americana”.
Este hombre “excéntrico”, “inteligente y ambicioso” que escribió: “un poema es un acontecimiento, no la descripción de un acontecimiento”, “cambió las reglas del juego” al publicar en 1959 Estudios del natural, el libro que le ha dado justa fama. Para entonces, “Cal” (mitad salvaje Calibán shakesperiano, mitad loco emperador Calígula) ha vivido una infancia digna de un hijo de madre dominante y padre fracasado (que están en el origen de su grave conflicto emocional) en el seno de una patricia familia bostoniana (lo relata a la perfección en “91 Revere Street”), ha sorteado una adolescencia turbulenta, ha obtenido un título universitario (aunque no en Harvard) y ha hecho escala en Iowa, se ha casado dos veces (con Jean Stafford y Elizabeth Hardwick) y se ha divorciado una, ha sido diagnosticado de trastorno bipolar (que le obligó a numerosos ingresos en sanatorios mentales a lo largo de su vida), se ha convertido al catolicismo del que luego ha abjurado, ha sido recluido en una cárcel por declararse objetor de conciencia durante la Segunda Guerra Mundial, ha conocido a Bishop y Berryman, ha ganado con El castillo de Lord Weary (1946) el Pulitzer y una beca Guggenheim, ha naufragado con Los molinos de Kavanaugh (1951) y ha renegado para siempre de su secreta ópera prima: Tierra de desemejanza (1944). Con el poema “La hora de las mofetas” todo cambia. Pertenece al citado Life Studies. Se trata, dice, de “un problema técnico, como la mayoría de los problemas en poesía”.
En los sesenta se enfrenta de nuevo al poder del que forma parte como miembro de honor del “panteón de la poesía norteamericana”. Contra la Guerra del Vietnam. Publica Por los muertos de la Unión (1964), las primeras imitaciones, esto es, versiones de poemas extranjeros, y Junto al océano (1967), ejemplo de poesía política.
Lo que ocurrió desde el año 1967, “punto álgido” (fue portada de Time), hasta 1977, el de su muerte de novela en un taxi neoyorkino abrazado a un retrato de su segunda mujer, no es menos llamativo. José María Valverde, en un lúcido artículo de El País, manifestó que era “en este momento el más importante y el más típico de los poetas de Estados Unidos”. En el 72 se casa con Caroline Blackwood. Aquélla (y su hija) inspira su libro Para Lizzie y Harriet y ésta (y su hijo) el polémico El delfín, un intenso poema de amor con Lowell en estado puro. Los dos son del 73. Como Historia, parte de Cuaderno (del que procede también Para Lizzie…), un “largo poema”, comentó, una “genealogía” compuesta por una suerte de sonetos donde aparecen innumerables personajes que conforman “una épica de su propia conciencia”, según Axelrod, el mismo crítico que señaló la habitual mezcla de memoria y ficción en sus versos.
En esos años, el litio mejora su salud, pero por poco tiempo. Su última, extraordinaria obra, Día a día, es de nuevo un autorretrato, un capítulo más de la autobiografía en verso de alguien suyo lema fue “lay my heart out”. “Ay, yo sólo sé contar mi propia historia”, escribió. Walcott dijo que ofrece entre líneas “una confesión”. Luis J. Moreno, que lo tradujo, habló de “obsesiva subjetividad”. Un ejercicio más de “catarsis” –un “dotar de orden al caos”– para quien usó la poesía como terapia, a sabiendas de que ningún poema “puede curar la melancolía o la artritis”.
“Tú no escribías, reescribías”, dijo de él Bidart. Desde el principio, aunque fue un tenaz revisionista, se mantuvo fiel a la aliteración, y el encabalgamiento. Afirmó: “el verso libre no existe”. Valverde destacó su “rigor formal”. Fue un artesano que alcanzó la maestría.
El lector, lowelliano o no, reparará, por ejemplo, en la fuerza de El castillo de Lord Weary, se dejará seducir por la cuarta parte de Estudios del natural y apreciará los matices psicológicos de El delfín. No será lo único que le sorprenda de esta “incomparable y errante voz”, como recordó Heaney, que el los traductores vierten al español con solvencia. Una titánica empresa digna, sí, de elogio.

Nota: Esta extensa reseña se publicó en El Cultural el pasado viernes, 8 de diciembre. La nota de lectura va ilustrada con dos de los mejores poemas del autor estadounidense. Ah, se me olvidó incluir un nombre capital a la lista de monumentales obras poéticas completas que alegran nuestro panorama, la de Larkin.

8.12.17

Poesía española del XXI

Itzíar López Guil, poeta y catedrática de Literatura Española de la Universidad de Zúrich ha tenido el detalle, que agradezco, de enviarme un ejemplar de la revista Versants, en concreto del número 64:3 de 2017, que está dedicado a "La poesía española en los albores del siglo XXI". La coordinación del fascículo, editado exclusivamente en español, tanto en versión analógica como digital, ha corrido a cargo de la citada profesora y de Juan Carlos Abril, poeta, director de Paraíso y profesor de la Universidad de Granada.
López Guil nos explica que la publicación "abandona su línea exclusivamente académica y su estructura habituales, para acoger en sus páginas no solo estudios sino también ensayos firmados por los más renombrados especialistas y por algunos de los poetas más notables de las primeras décadas del milenio". Los primeros, sobre generalidades acerca del asunto a tratar, se inician con un trabajo de José Andújar Almansa en torno al papel de los poetas, "una serie de reflexiones sobre la teoría y la prácticas poéticas españolas en el siglo XXI". Le suceden otros sobre el autorretrato ("La poesía es el espacio donde el yo sucede"), la poesía femenina (y la de tres poetas en concreto: Raquel Lanseros, Ana Merino y Yolanda Castaño), las disidencias (sobre prácticas poéticas políticas e indignadas que "no siempre se centran en la denuncia explícita, sino que frecuentemente tienden a interrogarse sobre el papel del propio lenguaje en la construcción de lo colectivo"), del "desconcierto de la crítica" (porque "los autores del 2000, nacidos a partir de 1969, se constituyen como una generación sin centro: ni antagonismos ni tendencias dominantes"), de la poesía que huye de la prisa ("La poesía como reivindicación de la lentitud y, por ende, rebeldía e inconformismo frente a las prisas del capitalismo avanzado") o de la imagen en el poema (donde el objetivo es "observar nuevas economías de lo sensible, nuevas formas de posicionarse ante la realidad, que algunos poetas actuales desarrollan desde una estética que busca nuevos horizontes sensibles"). Están firmados, respectivamente por Laura Scarano, Remedios Sánchez García, José Luis Gómez Toré, Ana Rodríguez Callealta, Juan Carlos Abril y Alberto Santamaría.
Llegan luego los análisis de poéticas concretas -o libros- y de autores individuales: Francisco Onieva, Javier Fernández, Josep M. Rodríguez, Luis Bagué, Jorge Gimeno, así como la coordinadora del número, López Guil. Además de ésta y de Abril, sus autores son críticos y estudiosos tan conocidos como Juan José Lanz, el citado Bagué (analizador y analizado) o Francisco Javier Díez de Revenga. 
Una de las partes más interesantes de este pertinente y bien tramado volumen es el cuestionario que contestan cinco editores de primera línea. En este orden, Manuel Borrás, de Pre-Textos; Jesús García Sánchez, de Visor; Jesús Munárriz, de Hiperión; Pepo Paz, de Bartleby; y Javier Sánchez Menéndez, de La Isla de Siltolá. Los tres primeros, con Abelardo Linares, de Renacimiento, y, pongo por caso, Antoni Marí, de Nuevos Textos Sagrados de Tusquets, son tal vez los más representativos y consolidados del panorama. La madrileña Bartleby (Paz pondera con justicia la labor de Manuel Rico) cumple el que viene 20 años y la sevillana Siltolá (en la que se avecinan cambios: Sánchez Ménéndez deja las riendas a su hijo) es, con mucho, la editorial más joven y acaso la más volcada en descubrir nuevos talentos. Acerca de las trayectorias particulares de cada editorial, del dichoso tema de los premios, de los tipos de letra (curiosa pregunta), de la poesía en la red, de las preferencias a la hora de publicar tal o cual libro, de lo que ha venido después de la "poesía de la experiencia" (si es que tal cosa ha terminado: esa que llaman "juvenil" parece un rebrote experiencial en forma de caricatura) o de la presencia de nuestra poesía en el contexto europeo dialogan estos editores y sus comentarios están llenos, casi siempre, de sensatez y, ésta sí, verdadera experiencia. Pasión, que es lo que importa, no les falta. A ninguno. Ni criterio. 
Por cierto, sensible ante ese hecho (que me ha costado caro), he advertido con alegre sorpresa una nota a pie de página donde los editores del monográfico advierten que, "Por expreso deseo de Jesús Munárriz, en sus respuestas mantenemos la acentuación en «sólo», «ése», etc.". A eso le llama uno, simplemente, respeto. 
Cierran este fascículo redondo un total de 52 poemas de otros tantos poetas patrios (ordenados alfabéticamente). Entre ellos, empezando por los jóvenes más talluditos, Álvaro García (el mayor, del 65, como Ada Salas, otra de las antologadas), Luis Muñoz, Jordi Doce o Lorenzo Oliván. También están Verónica Aranda, Juan Antonio Bernier, Yolanda Castaño, Mercedes Cebrián, Berta García Faet, Ana Gorría, Abraham Gragera, Iona Gruia, Marta López Vilar, Antonio Lucas, Carlos Pardo, Pérez Azaústre, Mariano Peyrou, José Luis Rey, Marta Sanz, Julieta Valero... También figura el extremeño Luis María Marina. Hay variedad, sí, y equilibrio entre hombre y mujeres, como ya suele ser norma comúnmente aceptada. Como en toda selección, a uno le faltan y le sobran nombres. Normal.
Por suerte, la revista al completo está en la página web de Versants (en español, "pendientes", tan abundantes en la preciosa Suiza). Disfrútenla. No es chocolate, pero...

5.12.17

Sánchez-Ostiz en EC

Miguel Sánchez-Ostiz
Pamiela, Pamplona, 2017. 112 páginas. 

Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950), autor de una veintena de novelas (premiadas con el Herralde y el de la Crítica), numerosos diarios (es uno de nuestros mejores y más adelantados diaristas) y otras obras de ensayo (sobre Baroja, por ejemplo) y crónicas de viajes, reunió en La marca del cuadrante su poesía publicada entre 1979 y 1998, que incluía cuatro libros inéditos. Desde entonces, hace diecisiete años, no había vuelto a dar a la imprenta una obra poética, salvo el cuaderno Deriva de la frontera (2012).
Pocos pueden ostentar el título de francotirador como él. Porque “actúa aisladamente” y “sin observar la disciplina del grupo”. Va por libre. Y a esa manera de proceder dedica buena parte de estos versos airados, entre el pessoano fingimiento y el luisfelipiano desarraigo.
“En diecisiete años caben varias vidas”, afirma en el prólogo. Vividas, siempre “de paso”, en el Valle de Baztán, a la busca de la casa de la vida (para S-O, “el camino”). Estos poemas se escribieron allí (algunos en Sutegia) y en esos años. Son “testimonio de un recorrido vital”, un “relato autobiográfico de lo vivido”. Y un “ajuste de cuentas”, sobre todo “conmigo mismo”. No hay trampa ni cartón. Se trata de “escribir de una vez por todas una verdad”. Sin “jeremiadas”. “Escribe y sé definitivamente traidor / o rebelde a tu tribu y a sus leyes”. Por eso la crudeza impera. Un lenguaje desabrido, quevedesco, prosaico y certero que no teme el uso de palabras manchadas y gruesas. Entre la rabia y la depresión. El poeta airado echa la vista atrás y contempla una batalla perdida. “No estás aquí ni allí / ni en ningún lado. / Estás de más”, escribe. “Bobo de ninguna parte”. Con una sensación: que la suya es una vida echada a perder. Habla “Del miedo de morir sin haber vivido”. De que “No hay antídoto para el veneno / lento de una vida en balde”.
Sí, tras un cernudiano “tú”, este hombre (“libre e indemne”) se dice lo que pocos se atreven a pronunciar en voz alta. Sobre él, ya se dijo, y sobre la vida civil y la literaria en este país cainita. “Ibas para tragasables / y diste en tragasapos”. Léase “Ser o no ser”. “Nunca seré de los vuestros”, anota.
Sabe, con Marti i Pol, que “la verdadera muerte es desertar”. Que sin escribir “suave” y siendo “mosca cojonera” no se va lejos. “No cedas, no cejes”. Con Reggiani declara: “Mi país es la vida”. Y añade: “No, no siempre el que resiste gana”. Y: “No supe jugar y eso fue todo”. “Filosofa en tu rincón, / en medio de tu ruina”, sostiene en el poema final; titulado, con elocuencia, “Liquidación por derribo”.

Nota: Esta reseña del último libro de Sánchez-Ostiz se publicó en El Cultural el pasado viernes, 1 de diciembre.

3.12.17

Dos de Soria

Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961) y Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) tienen en común, además de su ascendencia soriana y su condición de sorianos que viven fuera de su provincia, el que ambos van por libre, sin adscripción a ningún grupo o capilla. Eso y que sus respectivas voces poéticas, muy distintas entre sí, ostentan la categoría de propias, identificables a través de sus poemas para cualquier lector medianamente avisado. Sus nombres, en fin, le resultan a uno imprescindibles dentro del panorama. Estas son sus novedades. 

Enrique Andrés Ruiz abre su libro Los verdaderos domingos de la vida con una cita de Lévinas, acerca del imposible retorno. A partir de "El canto de los descendientes del rey de Tiro", excelente poema liminar que hace las veces de prólogo, EAR, con la elegancia de dicción que le caracteriza, mezcla de saber hacer y clasicismo, despliega sus armas líricas para evocar, desde la memoria y los recuerdos, una vida pasada que traslada al presente. "Esa ilusión de imaginar que vuelven / -aunque en distinta forma- reunidas / salvación, otra vez, y poesía". Vuelven las fiestas (en Medinaceli y por los Santos, en el cementerio). Vuelve la infancia. Y, de nuevo, ya en la cincuentena, "Mi Edad Media, / mi verdad absoluta, / mi Antiguo Testamento: poesía".
Pero regresan sobre todo los veranos. Y los veraneos. Y los sueños que allí se forjaron y que la vida ha malogrado o disuelto. Aunque sigan ahí. En estos versos. En poemas como "Canción de bienvenida", "Línea de costa". Son "De cuando nuestros padres eran jóvenes". Se celebra el amor y la amistad. La juventud perdida. "Ni vida ni muerte todavía". "El país de la vida", dice en "Padres e hijos", uno de los mejores del conjunto. Se celebra, en fin, el fuego: "Contigo estoy conmigo". La melancolía, que la hay, cede ante el fervor, ante ese "resplandor glorioso" del texto de Julien Gracq de donde el libro toma su título.
Es, acaso, el más transparente de EAR, el de tono más conversacional y cercano, encontramos una métrica precisa (ya dijo Lowell que el verso libre no existe) y poemas, a veces, con rima asonante que no dejan de darle un aire popular o de época. En la nota final se explica que estamos más ante una colección de poemas que ante un unitario libro de poesía. Tanto da. El resultado, que es lo que importa, vuelve a demostrar la solvencia de esta voz tan solitaria como el paisaje de su tierra natal.

Después del éxito obtenido con su libro anterior, Sin ir más lejos, Premio de la Crítica, y tras la aparición de Por la tierra oscura, Fermín Herrero publica Fuera de encuadre en Reino de Cordelia, donde está otro de los suyos: De atardecida, cielos. En una nota de autor, FH confiesa: "Hace muchos años que concebí el puñado de poemas de este libro". Para "arrebañar a la memoria, antes de que fuese tarde, lectura de momentos y sensaciones iniciáticos". Estamos, pues, ante un libro de larga y lenta gestación que a sus lectores puede parecernos, como le ocurre al poeta, distinto de los últimos que ha dado a la imprenta. Y es verdad. Con todo, en estos versos fragmentarios ("solo fragmentos rastro me pronuncian / completo"), en estos poemas sin título, sin mayúscula inicial ni punto final, que conforman acaso un largo poema único, se reconoce su voz. Y su ámbito, aunque la presencia del campo sea menor de la acostumbrada. Está, eso sí, la melancolía y la tristeza. Y la contemplación ("hay que mirarlo todo"). Y las devastaciones: "porque somos despojos es inútil / parar el tiempo y recrearse". Y también el amor y el erotismo: "La primera mujer. / Y sus enigmas". Detrás, ya se dijo, la memoria, los recuerdos. De la infancia, la adolescencia y la primera juventud mayormente. De los tiempos del pop.
Se aprecia, en lo que a los cambios se refiere, un uso deliberado del encabalgamiento y cierto retorcimiento sintáctico. El lenguaje fluye aquí de otra manera también. Más libre acaso. Todo en función de lo que se quiere decir, sin duda. Y se dice.

1.12.17

Dos de Venezuela

De Yolanda Pantin (Caracas, 1954) publicó Pre-Textos su poesía reunida en 2014 bajo el título País; una obra, por cierto, que me pesa no conocer. 
Tras ganar el premio 'Casa de América de Poesía Americana', aparece, chez Visor, Lo que hace el tiempo. En el jurado, Luis García Montero, el editor Jesús García Sánchez, Juan Malpartida, Jorge Galán, Santiago Miralles y Anna María Rodríguez Arias.
La poesía de Pantin es escueta, esencial. Muy pensada, según creo. Va a lo sustantivo y, por eso, tiende a la sugerencia. Puede que a veces esa sobriedad linde con cierto hermetismo, aunque tal vez ahí radique lo misterioso. A uno, ese proceder le recuerda, salvando todas las distancias, al de otras poetas hispanoamericanas como Ida Vitale o Blanca Varela, de la sección contenida de la plural lírica ultramarina.
Destaca en esa parquedad, como es obvio, su lenguaje. Ceñido, ya se dijo, que va al grano. Eso no obsta para que se recree en anécdotas o rememore recuerdos. (El tiempo es asunto principal. Su paso. "Yo veo el paso del tiempo como una bella ficción", ha dicho Pantin.) Para que evoque a su padre o a su madre. O que use, en ese acercamiento sentimental, palabras tan familiares como ese ámbito, por más que al desavisado lector español le resulten exóticas. Ah, esa lengua común...
Me han gustado especialmente la primera parte, de puro diáfana ("Descanso", "Mudanzas", "La maravilla"), y la cuarta, donde reflexiona acerca de la poesía y en la que encontramos poemas tan logrados como "Testimonios" (con Adrienne Rich al fondo: "El poeta: un lector"), "Escribir" o "Arrogancia". Pero hay poemas estupendos en otras partes, como "Paisajes", "En el transporte colectivo...", "Deriva", etc.
"La poesía / es una manifestación / y en lo que pueda / sin remedio, brota", escribe Pantin. Es el caso. Y con qué hondura.

Al venezolano Igor Barreto (San Fernando de Apure, 1952) lo descubrimos a través de su libro Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario). Luego reseñamos su poesía completa, El campo / El ascensor,  en "Viaje a Barreto", cuando también Pre-Textos, qué casualidad (nótese la ironía), publicó con acierto esa poesía reunida
Bartleby Editores incluye ahora en su catálogo El muro de Madelshtam. No es un libro complaciente. Es duro, sí, como la situación del país natal de Barreto, a la que tampoco Pantin se sustrae en sus versos. Es imposible. Si tuviéramos que resumir su contenido con una palabra, sería "pobreza": "Vive tranquilo y consolado / en la pobreza opulenta, en la miseria poderosa", dice Osip Mandelshtam en sus Cuadernos de Voronezh. Comienza precisamente con un relato donde se narra el encuentro del sujeto poético (alter ego de Barreto) con el citado poeta ruso. O con alguien que dice ser él. Un “hombre alto, muy melancólico, que decía llamarse: Osip Mandelhstam”. Y quién se pone a discutir eso en medio de una favela. En el gueto Ojo de Agua, en la zona llamada Monterrey. Con un lenguaje desabrido y poderoso ("total vivimos en Caracas: / la capital del rencor"), Barreto levanta, con modos de crónica y hasta de reportaje, una historia cimentada en la poesía. Más sólida que las precarias casitas de zinc, para vidas no menos frágiles, que allí se construyen. Le ayudan otras voces que se suman a la de M. y a la del mentado personaje que cuenta y canta.
Leemos: "¡escúchame!: / somos copias de vida extrema". La imaginación prima, en "Repentina nevada", por ejemplo. La emoción es inevitable. En "Kelver Cordero", pongo por caso, uno de los muertos a los que Barreto (un homenaje al Spoon River de Edgar Lee Masters) pone su estela. "La muerte es la maestra de Caracas", dice parafraseando a Celan y su poema "Fuga de muerte". Y Venezuela, un personaje más. En "Posible comienzo" o "Sobre la utopía (en Venezuela)". Y siempre el lenguaje como clave para comprender la realidad y para desenmascarar la mentira. "Esto que somos no tiene remedio", se lee. En medio de la basura ("Hombre basura"), otro elemento esencial de esta trama. En medio de la violencia.
Tras una breve narración acerca de la experiencia del poeta con presos en una cárcel de Caracas, llegan unos pocos poemas más amables, donde podemos al fin reconciliarnos con la vida. Otra, la misma. 

27.11.17

Turia pasa por Extremadura

En la, digamos, redención de la literatura en Extremadura, juega un papel fundamental Luis Landero y su novela Juegos de la edad tardía. Por vez primera la unión del sustantivo escritor y la del adjetivo extremeño dejaba de tener un carácter peyorativo. De ahí que parezca tan acertado que su obra ocupe el “Cartapacio” central del número doble 121-122 de la acreditada revista Turia.
De ella dan buena cuenta los trabajos de Elvire Gomez-Vidal, perfecta introducción a la literatura landeriana, Luis Beltrán Almería, Raúl Nieto de la Torre, Fernando Valls, Irina Enache, Analía Vélez de Villa, Alfonso Ruiz de Aguirre, Epicteto Díaz Navarro, Natalie Noyaret, Antonio Rivas y Gonzalo Hidalgo Bayal, “lector afín”, que nos ofrece en “El héroe y sus heterónimos” una lectura penetrante y clarividente de la narrativa del de Alburquerque, a modo de ensayo. 
Estos magníficos trabajos se completan con otro texto no menos extraordinario: “Devaneos de lector”, que firma el propio Landero. “Yo amo los detalles”, escribe, y: “la memoria es poética”.
En una larga entrevista que le hace Emma Rodríguez, nuestro autor afronta numerosos asuntos vitales y literarios. 
Cierra el “Cartapacio” una biocronología realizada por Ruiz de Aguirre. Se trata, en realidad, siquiera en parte, de un esbozo de biografía, aunque no falten datos meramente bibliográficos. 
Pero el voluminoso número de Turia da, por suerte, como nuestra pequeña literatura, para más. Así, en la sección “Letras”, Domingo Ródenas se ocupa por extenso en su artículo “Larvatus prodeo: variaciones Cercas” de la obra del autor de Soldados de Salamina, un “novelista consciente”, según él.
En “Taller”, el diplomático y escritor Luis María Marina rescata “25 epigramas y un diálogo” del raro mexicano Carlos Díaz Dufóo. 
Eugenio Fuentes deja la serie negra y se traslada a la Semana Santa con el relato “Saeta”. 
El impertinente José Luis García Martín publica nuevas páginas de su no menos osado diario. 
Manuel Neila, consumado aforista y antólogo de aforismos, reúne unos cuantos en “Pensamientos del malestar”. 
Otro tanto hace José María Cumbreño, aunque los suyos tengan mucho de cuento o de poema. Y Elías Moro, con sus “Guadianescas”. 
En lo que atañe al apartado de “Poesía”, se inaugura con una selección de poemas del portugués Manuel António Pina vertidos al español por Antonio Sáez Delgado. Es de agradecer que se señale nuestro vínculo portugués y rayano. Siguen los de Andrés Trapiello, Pureza Canelo, Basilio Sánchez, Inma Chacón, José Antonio Zambrano, Santos Domínguez, Efi Cubero, Álex Chico, Mario Martín Gijón, María José Flores, Javier Pérez Walias e Irene Sánchez Carrón.
Entre los incluidos en esa sección, dos poetas ligados a Extremadura: el asturiano Jordi Doce y el catalán Eduardo Moga.
En “Pensamiento”, Manuel Pecellín firma un artículo sobre el historiador y economista Ramón Carande. 
En “Conversaciones”, Fernando del Val entrevista a Gonzalo Hidalgo Bayal. 
Tampoco faltan en la sección “La Torre de Babel” reseñas con nombre extremeño, tanto de críticos como de autores. 
Subrayo, para terminar, las espléndidas ilustraciones, incluida la de la portada, auténticos poemas visuales, obra de Antonio Gómez.

Revista Cultural Turia. Número 121-122. Teruel, 2017.

Nota: Esta reseña ha aparecido en el número 9 de la revista El Espejo, de la Asociación de Escritores Extremeños.

26.11.17

Vila-Matas dixit

"Mi teoría es que las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración, en algo tan arriesgado como tener en alta estima al otro. Porque ¿cómo se puede tener por amiga o amigo a alguien a quien no admiras? Creo que ese tipo de admiración, que en realidad es respeto profundo, lo ennoblece al amigo, lo realza ante tus ojos, lo eleva a una posición maravillosamente superior a la tuya, lo que, dicho sea de paso, propicia, como ha ocurrido hace un momento, que uno sienta que recobra la antigua sensación de que dialogar es como leer: pensamos que no volverá a ser posible y de pronto quedamos de nuevo sorprendidos al ver que podemos acceder a la experiencia del mundo a través de una conciencia que no es la nuestra. Lo extraño es que esto, que es impresionante y hasta tiene un punto de milagro, ya prácticamente toda la humanidad lo ignora, empezando por los que hacen campañas para que se lea", le ha dicho Enrique Vila-Matas a Fernando Aramburu en medio de una conversación que publicó El Cultural. 
Por otra parte, en un artículo de El País, "Modo avión", el autor de Bartleby y compañía escribe: "A los que les gustaría hundir ya del todo a la literatura habría que recordarles, por ejemplo, que la obra de Beckett, con su indagación infatigable sobre la miseria humana, vino a demostrar después de Auschwitz que la literatura, más allá de cualquier delirio de poder, seguía teniendo vida y recorrido propio. No hace mucho, Antoine Compagnon se preguntaba si podía existir homenaje más alto a la literatura que el de Primo Levi, en Si esto es un hombre, contando la Divina Comedia a su compañero de Auschwitz: “Para vida animal no habéis nacido / sino para adquirir virtud y ciencia”.
Y: "La literatura, pienso, sirve para matar el tiempo y en esto no puede haber nada malo. Pero es que, además, permite expresar el “malestar de la cultura” a la vez que nos dota de una visión que trasciende las limitaciones de la vida cotidiana. La literatura sirve para exponer la corrupción del lenguaje que propicia el poder. Y, por si fuera poco, nos hace sensibles al hecho de que los otros son muy diversos. La literatura es veneno para los xenófobos". Sin duda.

23.11.17

Savater dixit

El Roto/El País
Borja Hermoso le pregunta a Fernando Savater: ¿Hablaría usted de separatismos justificados y nacionalismos pijos? A lo que el pensador vasco responde: "Eso me parece. La diferencia, por ejemplo, entre el separatismo vasco y el catalán es que el catalán es profundamente esnob. Los vascos podemos ser más bien brutos, pero no somos esnobs. El esnobismo es un signo de la cultura catalana, aunque no sea nacionalista".
Es un poco fuerte eso que dice…, comenta Hermoso, y el autor de Contra el separatismo contesta: "No. Nadie se hubiera creído todas estas trolas que han contado si antes no hubiera habido como una mentalidad de creerse tan estupendos, tan únicos y tan por encima de todo. Eso, y que ahora mismo, en Cataluña, ser nacionalista o fingir serlo no tiene más que ventajas, y claro, la gente se apunta a eso, no es una cuestión de sentimientos. Y luego está eso de la singularidad catalana. ¿Pero qué es eso? Oiga, los singulares son los individuos, no los territorios. Cataluña es tan singular como Murcia. Una butifarra también es muy singular y yo cuando voy a Cataluña me la pido. Pero no tiene derechos políticos".
Antes, haciendo autocrítica, dijo: "Que el nacionalismo es un mal es evidente, solo hay que recordar que en el siglo XX provocó dos guerras mundiales. Lo que pasa es que yo no quiero darle reclutas involuntarios al separatismo llamando obligatoriamente “separatistas” a todos los nacionalistas. Todos llevamos un brote nacionalista dentro, todos nos reconocemos en esos mecanismos de identificación con lo propio, lo cual se hace inaguantable cuando se convierte en algo declamatorio. El separatismo es la inflamación y utilización maliciosa de esos sentimientos hasta convertirlos en un arma contra la democracia". El País.

22.11.17

Marwan dixit

“Nos han criticado muchos poetas en medios públicos y es terrible. Llega un cantautor y vende cientos de miles de libros de poemas, y se sospecha de inicio. Hay gente que va repartiendo carnet de poeta, que se cree que la poesía es suya porque lleva muchos años en esto, y considera que es un privilegio solo para unos pocos elegidos. Sin embargo, Benjamín Prado o Luis García Montero nos han recibido con cariño y ven necesario que surjan nuevas corrientes poéticas como la nuestra”.
“Entiendo que tiene que joder llevar toda la vida escribiendo poemas y que llegue un cantautor y empiece a vender mucho de una poesía bastante prosaica".
“Cualquiera que se lea un libro mío entero y diga que no tengo ni idea de poesía es que no sabe lo que dice”. 
De una conversación con Sara Navas publicada en El País. Imparables. 

21.11.17

Con Julián Rodríguez

Corina Arranz
Hacía nueve años que no nos veíamos. En una intensa etapa de nuestra vida, nos tratamos casi a diario. Viajábamos juntos con frecuencia de Cáceres a Mérida. Sus trabajos para la Editora Regional fueron -conmigo, antes y después- fundamentales. Fue una de las preciadas herencias que recibí de mi querido Fernando. Luego, cuando se convirtió en editor y fundó, hace once años junto a su amiga Paca Flores, la editorial Periférica, las cosas cambiaron, pero al principio no tanto como para que no pudiera seguir colaborando con nosotros. Hablo de María José Hernández, el alma de esa santa casa, y de mí, porque esa era toda la plantilla de la Editora, si exceptuamos al personal administrativo (otra persona o dos).
Aunque, según me contó, ha sufrido serios percances de salud, encontré a Julián, que no es nada hipocondriaco, como siempre: tímido en el trato y lúcido de mente, lo que se notó de sobra cuando empezó a hablar, en voz baja, de su labor editorial. Fue la semana pasada en la librería placentina La Puerta de Tannhäuser. Del trabajo gustoso en Periférica y Errata Naturae, sí, pero también sobre el mundo editorial en general, un asunto complejo que tan bien conoce. A pocos editores le ha escuchado o leído uno ideas tan claras sobre sus planes y objetivos y pocos tienen el criterio que este hombre gobierna. Un tipo inteligente, sin duda, al que da gusto escuchar.
Por lo demás, de su condición de excelente tipógrafo nadie duda. Ni de la de galerista, en Casa sin fin. Como siempre, entre Cáceres y Madrid. Con escala en la sierra segoviana y mil lugares más.
Antes de intervenir, charlamos acerca de su faceta, digamos, de escritor. Una tarea de momento abandonada. O aplazada, mejor. Es verdad que se reeditan sus libros y que en algunas de esas ediciones de bolsillo se incluyen textos inéditos, pero sus lectores seguimos esperando nuevas obras. Al parecer hay un nuevo tomo casi terminado de sus Piezas de resistencia, tras Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (2004; Premio Nuevo Talento FNAC) y Cultivos (2008). Veremos.
Fue un placer escucharlo. No me extraña que le llamen de diferentes másteres de edición. Sensato, sobrio e irónico (nos contó un par de chistes), está a punto de inaugurar, como comisario, una sugestiva exposición en la Fundación Helga de Alvear: Todas las palabras para decir roca. Naturaleza y conflicto. Seguimos. ¡Salud! 

Qué serios, con lo bien que lo pasamos. Ay, la "cara de presentación".


17.11.17

De viaje con Fernando Sanmartín

Apenas llega uno de Budapest, donde fui con Sergi Bellver, y emprendo de nuevo viaje hacia otros lugares, esta vez con Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959). Gracias a su libro, publicado por Xordica, Ciudades que se posan como pájaros. Es más que un libro de viajes al uso. Por su voluntad literaria, sobre todo. Su lenguaje, cuente lo que cuente, es el de un poeta que además es narrador.
De la verdad y los espejos hablan las citas que lo abren, de Natalia Ginzburg y Charles Simic. Aquí no se usa la mentira ("escribo por instinto", "para desmaquillarme") y, en efecto, todo es un espejo "si lo miras el tiempo suficiente". Viajar, reconoce, "es una costumbre para mí". Para alejarse (y hasta huir) de "las pistas embarradas por lo cotidiano". Antes ha escrito: "Cualquier ciudad (...) es una afirmación". El libro recoge sus paseos y estancias en Lisboa (con escapada a Oporto), Tánger, Tetuán, Galway y algunas ciudades de Bélgica, como Bruselas, Gante y Amberes.
Además de observar y dar cuenta de lo que visita y ve, el viajero anota en su cuaderno no sólo las impresiones acerca de lo exterior, sino que nos informa, se informa a sí mismo, de lo que le sucede por dentro. Sí, porque todo viaje es interior. No en vano, Sanmartín reconoce que desea conocerse, y que por eso escribe. Hay mucho de diario aquí. O todo. "Pienso que sin viajar -escribe en Lisboa-, a muchos, solo nos quedaría el desamparo". Antes dijo que "viajar es un cubito de hielo que nos asombra cuando lo mordemos para conocer la esencia del frío", una de las muchas iluminaciones que brillan a lo largo del libro. Como cuando leemos "miradas que son conversaciones". O: "pienso que todos, alguna vez, somos un objeto perdido que alguien encuentra".
Tan melancólica como Lisboa es Bélgica, las ciudades de Flandes. Eso por no mencionar la melancolía del viajero, que va con él dondequiera que vaya. En las tierras bajas del plat pays anota: "El viaje es una píldora que resulta preciso tomar". Muy interesante me parece lo que cuenta de su amigo Cristino de Vera, un luminoso pintor de penumbras.
De todos los viajes del viaje (por la vida), el más intenso es el que realiza a Tetuán. Allí estuvo destinado su padre, militar de carrera, muerto prematuramente. En la ciudad africana busca las pocas huellas que dejó. El resto, lo imagina. A eso va también. A completar un sueño que tiene su porción de pesadilla. De paso, se acerca a Tánger. Son pocas páginas las que destina a esa visita, pero a uno le antojan más que suficientes. Allí compra regaliz para Félix Romeo.
"De Irlanda guardo un verano frío". Luego dice: "Debería quedarme en esta isla para escribir como el que levanta un muro de piedra contra el viento". Aparecen los Yeats: Wiliam, el poeta ("cada poema es un vaso de tristeza"), y Jack, el pintor (del que elogia su cuadro "The Liffey Swim"). En Moyra, una tienda de objetos antiguos, escribe: "Los viajes, al cabo del tiempo, también se convierten en piezas de anticuario". Los libros, añade más tarde, "me han ofrecido cobertizos para guarecerme", lo que indefectiblemente me ha llevado hasta mi particular "cuarto del siroco" y al asunto goethiano de las afinidades electivas. Y ya que lo menciono, matizaré que no deja de parecerme curioso que uno, viajero más bien inmóvil, conozca en parte los lugares que Sanmartín describe salvo Tetuán (el pueblo de mi suegra) y Galway, aunque me resulte un sitio familiar porque allí pasó un curso universitario nuestra hija Leticia.
De Sanmartín dijo Melero: "me gusta que tenga ese toque cosmopolita y de viajero culto del XIX". 
Todo al final se resuelve, en lo que a la reseña de este libro compete, con estas palabras: "Y el tono es lo esencial. (...) El tono marca siempre una diferencia". Lo que aquí ocurre. El tono de la mejor literatura. En este caso, conversacional, íntimo, en sordina. Sí, "somos nuestra escritura". Y, cómo no, nuestros viajes. 

15.11.17

Vuelve Arango

La editorial leonesa Eolas abre una nueva colección de poesía que titula Anfitriones y que coordina, todo un aval, el poeta Tomás Sánchez Santiago. 
Han elegido, para empezar, una antología del poeta colombiano José Manuel Arango. Excelente idea. La selección de los poemas y el prólogo son de otro poeta, José María Castrillón. Sus palabras liminares ayudan al lector a situar la obra de uno de tantos poetas ultramarinos que no han sido lo suficientemente reconocidos (o presentados) en España. Es verdad que la Biblioteca de Poesía en Español de Sibila-Fundación BBVA publicó en 2009 su Poesía Completa, en edición de Francisco José Cruz (aquí dimos cuenta de ello), pero ni eso ni su inclusión en la polémico florilegio Las ínsulas extrañas ha sido, al parecer, suficiente para otorgar a la obra de Arango el lugar que merece en el canon de la plural poesía hispanoamericana. Estamos a tiempo. Algo que puede conseguir este bien escogido puñado de versos de todos sus libros, salvo del que se publicó póstumamente, La tierra de nadie del sueño. Versos de su voz mítica y ancestral, de su voz erótica, de su voz cívica... Al cabo, de su "voz discreta". Austera. No era, como bien dice Castrillón, un poeta "ingenuo". Y eso se nota. Basta leer los poemas de Signos. O el extraordinario "Pensamientos de un viejo" (vale por toda su poesía reunida). O algunas "Cantigas", como la "de enamorados". Y, claro, los versos de Montañas, su último libro. Allí, en "Página en blanco", leemos: "Escribo / y la mirona, por sobre mi hombro, / escruta lo que escribo". Esa, "la mirona", se lo llevó a destiempo, cuando aún tenía tanto que decir. Lo que, ah paradoja, sigue diciendo; aunque creyera que la muerte "por sobre mi hombro, / lee / y al leer borra lo que escribo". 

12.11.17

Los espejos de Irazoki

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) publica en Hiperión Ciento noventa espejos. Recordemos que es el autor de Cielos segados, título que reúne su poesía hasta 1990: Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita, y ya en el catálogo de la acreditada casa editorial madrileña, de los libros de poemas en prosa Los hombres intermitentes Orquesta de desaparecidos, del de semblanzas de músicos La nota rota y del de versos Retrato de un hilo. ¿Cómo calificar esta nueva entrega? Pues como las anteriores: de libro de poemas, sean éstos en prosa o en verso. En un momento dado, escribe: "Siguen activos los vigilantes del dogma literario. A su juicio, la poesía debe limitarse a unas líneas recortadas y un lenguaje selecto". Sobran los comentarios. Eso sí, se habla de limitaciones y a ellas se ha sometido voluntariamente este hombre polifacético, que sabe tanto o más de música que de lírica, español en París (sin presumir por ello de exiliado), pues, en homenaje al OuLiPo, constriñe los textos (mejor, poemas) a ciento noventa palabras, incluido el prólogo ("Erizo"), siendo "cada una de estas palabras", según dice, "un espejo al que me asomo". Y todo en función, no del confinamiento, sino de la libertad. "Mis piezas -explica- son una especie de soneto en prosa". Algo que ha dado pie a Fernando Aramburu a escribir "Los sonetos en prosa de Irazoki", que es una reseña sobre el libro y mucho más. 
Esas piezas a que aludimos, escritas "lejos de las teorías", "con sus penumbras y sus parcelas luminosas", en su casa parisina entre 2009 y 2016, van numeradas del 1 al 95. La primera empieza por "Vivo en París". Muchas otras por "Paseo por...". Bruselas, Estambul, Nueva York, Copenhague, Atenas, Tel Aviv, Praga, Moscú, Ciudad de México y Nueva Delhi. Y por los fiordos noruegos. Entre medias, no deja de hacerlo por la capital francesa, la de los fláneurs benjaminianos, y, al final, por "los goces de la vida diaria". Sí, si por algo se caracteriza este libro es por su celebración vital. No es alguien que coleccione adversidades, como dice de Genet. Por la serena aceptación de cuanto le sucede y pasa, tanto da que ahora o antes. Por eso su infancia (y sus padres, y su hermana, y algunos hombres y mujeres ejemplares con los que allí se topó) está tan presente en su obra. La vida y sus lecciones. La vida y, cabe precisar, los semejantes, los otros (en el sentido léviniano), esos que llenan las páginas de estos espejos. De Gracia Armendáriz a Maite Pagazaurtundúa, de Félix Francisco Casanova a Ramiro Pinilla, de Ángel Campos Pámpano ("Moderó nuestra altanería") a Jorge C. Aranguren, pasando por innumerables escritores, pintores, fotógrafos, cocineros, matemáticos o músicos, de los más conocidos a los más enigmáticos.
Uno de los espejos está dedicado a su suegra, de padre rusos transterrados, Hélène Châtelain, y la cubierta del volumen (dedicado a sus hijos) también queda, como otras veces, en familia: es de Yves Loyer.
En este libro lleno de iluminaciones, de chispazos poéticos ("La contemplación temprana de la muerte me había apartado del lujo de las lágrimas", "Para el poeta, los seres derrotados son su patria", "Parece que el tiempo tiene una lentitud extranjera", "la alegría consciente es lo más profundo"), todo está escrito, subrayo la contradicción, con un "lenguaje selecto", si por tal entendemos no lo que él quiso decir con ironía más arriba, sino por ser el que usa alguien preocupado, con la debida naturalidad, por la exactitud y la precisión de su lengua materna. Lo normal en un escritor, digamos, de los de verdad. Un escritor que, además, ejerce con solvencia la crítica de poesía. Que denuncia el leísmo o la "última moda": "exhibir ramplonería en las pasarelas de la fama". "El engaño huele", afirma, y añade: "este es un oficio humilde". En el esencial capítulo 33, leemos sus tres claves para escribir un libro de calidad. La primera, la "falta de atadura". La segunda, "suprimir lo innecesario". La tercera, "el cuidado artesanal". El "amor por cada minucia". Con Vargas Llosa, defiende la "critica a la oscuridad", la de quienes prefieren ser "complicados en vez de profundos". Elogia el Arte povera.
Muchos son los asuntos de los que se ocupa Irazoki en estas semblanzas, en estas reflexiones, en estas biografías, en estos poemas. De la poesía, sin ir más lejos, de la enfermedad, de la ética (un tema central para él que, desde joven, se exigió su "uso secreto" y practicó las enseñanzas de Camus), de las virtudes que deberían adornar las conductas del ciudadano de las sociedades democráticas, de los totalitarismos y las ideologías, de los cafés, de la pobreza, de los conciertos de jazz... La compasión está siempre en su mirada. Y la bondad. Se enorgullece de no ser un hombre envidioso o rencoroso o que odie. Y hace bien en hacerlo, más ahora. No ha podido uno sustraerse a esa sosegante lectura de la realidad que tanto favor nos hace en tiempos, como estos, tan desagradables y convulsos.
"Acaso más que los buenos libros, me ha guiado la manera de vivir de ciertas personas", dice en el capítulo 72. Luego habla de Manuel Igoa. Por suerte, en algunos libros literarios hay más que literatura. Y aquí más poesía que en los habituales de poesía. Una poesía, diría, lenta. Íntima. El lector no puede evitar leerlo con una sonrisa cómplice en la boca. Tan discreta y sutil como las palabras que Irazoki utiliza para contarnos su pequeña verdad. La misma, confiada, con la que suele aparecer en sus retratos. 

10.11.17

Aulas Literarias, 25 cursos

Con Ana María Matute
Sí, el Aula de Poesía Enrique Díez Canedo de Badajoz comenzó sus actividades en enero de 1993 con una lectura de Antonio Gamoneda. Luego vinieron las demás. El inventor del proyecto, nuestro añorado Ángel Campos Pámpano (que murió hace ahora nueve años). Casi todas las que existen fueron fundadas mientras fue presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, promotora de la actividad (con la ayuda de la Junta y de otras instituciones públicas y privadas). No vamos a subrayar la importancia que han tenido para las sucesivas generaciones de lectores extremeños. Y de escritores, por supuesto. También de alumnos. De Secundaria y Bachillerato, pues no se olvidó el anclaje educativo al crear, digamos, la franquicia. 
Por ellas han ido pasando numerosos narradores, autores teatrales, ensayistas y poetas. En un determinado momento se unieron los autores portugueses, un verdadero acierto. Tan hermanada se siente esta tierra al vecino Portugal. Unidos por la misma Raya. 
De los que participan este año en las distintas sedes sólo podría decir que, en general, son dignos continuadores de una cadena literaria llena de aciertos. Con todo, me apena ver entre esos nombres el de Elvira Sastre, poeta de moda, de los que llama Enrique Bueres ''cuquipoetas best-sellers''. Me resulta imposible no pensar en Ángel (sigue siendo para mí una autoridad moral y lírica, siquiera sea por fundada intuición), que mantuvo contra viento y marea la exclusividad de la poesía para el aula pacense, algo que han respetado quienes le han sucedido en la dirección de la misma. Y al hacerlo, no creo equivocarme, su gesto sería de desaprobación. Vamos, hubiera preferido no hacerlo. Lo mismo que la mayoría de quienes respetamos el extenso palmarés, con contadas caídas, de la Díez Canedo, por donde este año pasarán poetas tan excelentes como Ana Luísa Amaral, Jordi Doce, José Luis Bernal y José Ángel Cilleruelo. Respeta uno, faltaría más, la autonomía de sus responsables, buenos amigos que sabrán perdonarme esta impertinencia. Estamos ante una mera cuestión de gusto. O de criterio, mejor. Por eso prefiere uno, excepción mediante, destacar, por ejemplo, la presencia de Jacobo Cortines (en el Aula 'Guadiana' de Don Benito), Olvido García Valdés (en la 'Gabriel y Galán' de Plasencia) y Aurora Luque (en la 'Valverde' de Cáceres).
Lo importante es que, a pesar de los pesares y de nuestro decaimiento cultural, las Aulas siguen en pie y con una dignidad, insisto, loable. ¡Larga vida! Y gracias.

8.11.17

Carlos Pujol, un humanista en Ínsula

Con motivo del quinto aniversario de su muerte, tuvieron lugar en Barcelona, su ciudad natal, las Jornadas "Carlos Pujol (1936-2012), humanista contemporáneo". Ahora, unos meses después, la veterana y acreditada revista Ínsula dedica su número 849 al polígrafo catalán y recoge las aportaciones a ese encuentro. 
Me han contado que a su presentación madrileña fue poca gente. Sí, a pesar de su agitada actividad profesional (en la universidad, como profesor, y en la empresa, dirigiendo, por ejemplo, la Enciclopedia Larousse para Planeta) y de los numerosos libros que publicó (unas cincuenta obras de creación y en torno a un centenar de traducciones), Pujol es un escritor secreto. Lo fue en vida y lo sigue siendo. Como afirman los coordinadores del número, Teresa Vallès y Gaston Gilabert, profesores de la Universitat Internacional de Catalunya, en su artículo introductorio, "No cabe duda de que si los numerosos premios literarios y de traducción de nuestro sistema cultural fueran una verdadera meritocracia, habrían servido para galardonar y dar a conocer la impresionante obra de Carlos Pujol, un gigante silencioso que vivió y escribió a contracorriente, fiel a sí mismo, a su fe y a su adorada familia". 
A la citada introducción general, le siguen textos a la altura del homenajeado, un hombre culto, trabajador y riguroso. Así, el perfil, muy personal y autobiográfico, de Pere Gimferrer, amigo íntimo de Pujol y miembro, como él, de la efímera Academia de los Ficticios, "la persona más parecida a mí en muchos de mis gustos literarios; y yo, por lo tanto, la más parecida a muchos de los suyos".
Viene después el extenso artículo del profesor de la Universidad de Murcia y crítico de ABC José María Pozuelo Yvancos que traza el retrato de este excepcional humanista contemporáneo. "Podría decirse -escribe- que Pujol es «toda la literatura»". No en vano fue "poeta, novelista, crítico literario, traductor, aforista, editor, jurado de Premios literarios, abogado de escritores noveles". Recuerda que en 1962 leyó su tesis doctoral y que ésta llevaba por significativo título: La obra de Ezra Pound en sus relaciones con la literatura medieval románica. Fue dirigida, cabe añadir, por Martín de Riquer, su maestro y mentor.
Albert Jornet Somoza, de la Universidad de Pennsylvania, se ocupa de la poesía, lo que más le ha interesado a uno, junto a sus traducciones poéticas. Jornet alude a una "andadura" literaria "tan solitaria como insólita". Empezó cuando el autor contaba cincuenta años. Llegó a dar a la imprenta dieciséis poemarios. Su obra es "accesible y enigmática por igual, deslumbrantemente sobria", de "inaudita cohesión, sin que ello suponga monotonía o repetición". La suya, una "poética de la humildad". En la base de su "hondura ética y política", de su "autoironía", encontramos "inteligencia, humor y juego". Para él, la poesía, reflexiva e íntima, era, como para José María Valverde, "una cosa inagotable y modesta". Quería "decir lo más sencillo e indecible". Está reunida en Poemas, que publicó Trapiello (uno de sus discípulos) en La Veleta. Además, se editaron tres libros póstumos: El corazón de Dios (su "testamento literario"), Bestiario y Magníficat.
Domingo Ródenas, de la Pompeu Fabra, analiza con solvencia sus numerosas novelas y Manuel Longares, con agudeza, sus aforismos.
A Valentí Puig (nótese a quiénes nombramos) le corresponde hablar del crítico literario, por más que Pujol considerara a la crítica "como un alibi vergonzante, una coartada, porque lo que hay que hacer es escribir".
Andreu Jaume, que se centra en su faceta de traductor, le compara con Eliot, aunque fuera "un Eliot sin poder y sin ambición política". Destaca, eso sí, su "ambición literaria", la "de adentrarse en la tradición y de navegar por toda la literatura occidental con absoluta comodidad". "Atreviéndose con los autores más difíciles".
Laureano Bonet, de la Universidad de Barcelona, evoca al joven Pujol "entusiasmado con Brassens", el editor responsable de la Larousse y de la Biblioteca Universal Planeta.
Para terminar, el historiador de la edición Josep Mengual escribe sobre su condición de miembro del jurado del famoso Premio Planeta.
Vallès firma la impresionante bibliografía de Pujol, con un total de 150 títulos ordenados por géneros, y sobre Pujol, perfecto colofón de este número ejemplar de una revista no menos modélica. Un número que se cierra con un cuadro de la viuda del escritor, Marta Lagarriga, cómplice necesaria del homenaje, autora de algunas de las fotografías que lo ilustran, entremezcladas con las de las cubiertas de muchos de sus libros.