21.6.17

La lección de Carnero

Al hablar de Guillermo Carnero (Valencia, 1947), siempre se empieza por el mismo sitio: su condición de novísimo, uno de los nueve elegidos por Castellet para su famosa antología. Con ser verdad, su obra, ya larga, da para mucho más que para volver, una y otra vez, sobre ese lugar común. Su primera etapa se cierra con la edición de lo que hasta entonces era su poesía completa: Ensayo de una teoría de la visión. Poesía 1966-1977 (con prólogo de Carlos Bousoño). Lo fundamental de su poética estaba allí fijado. Por decirlo pronto, culturalismo y metapoesía (“aquella poesía que se tiene a sí misma como asunto”, explicó en la Fundación March). Mucho más, cabe añadir, que mero venecianismo. Llegó luego el silencio y más de uno pensó que, retirado en los procelosos territorios universitarios de la docencia y la investigación, sería definitivo. Pero llegaron Música para fuegos de artificio (1989) y Divisibilidad indefinida (1990); se publicó su poesía reunida: Dibujo de la muerte. Obra poética, en edición de Ignacio Javier López (1998), a la que siguió, en 2010 una segunda edición corregida y aumentada: Dibujo de la muerte. Obra poética (1966-1990); y, sobre todo, por la sorpresa que supuso (que se vio refrendada con la concesión de los premios Nacional y de la Crítica), vio la luz Verano inglés, en 1999, al filo del fin de siglo. Otra etapa empezaba, la que conforma ese libro junto a Espejo de gran niebla (2002), Fuente de Médicis (Premio Loewe, 2006) y Cuatro noches romanas (2009). Salvo el premiado, todos ellos fueron publicados por Tusquets en su colección Nuevos Textos Sagrados. Cuatro títulos “enlazados en una unidad de sentido”, según su autor. Este momento queda resumido así por el propio Carnero: “es cierto que a partir de Divisibilidad indefinida se produce en mi forma de escribir una cierta mutación, que consiste en que la verdad emocional se hace más accesible al aflorar en ocasiones el intimismo directo que tan extraño me resultaba en un primer momento. Nada de eso ha sido consciente ni calculado; se trata de una consecuencia de la edad y la evolución personal, y es algo que culmina en Verano inglés, donde no faltan las referencias culturales ni las reflexiones metapoéticas”.
Ocho años después, tras otro significativo paréntesis, en el año que el poeta alcanza la setentena, aparece Regiones devastadas, que es sin duda un gran título, y vuelve a ser acogido con interés por los lectores (lo que a algunos nos devuelve la esperanza, no todo está marwanescamente perdido). En su “Pórtico”, con esa supuesta altivez a que el catedrático emérito nos tiene acostumbrados, persuadidos también de que estamos ante un lúcido lector, expone que, en “línea paralela” a esos cuatro libros mencionados más arriba, “a cuya orilla se iban depositando”, ha ido reuniendo a lo largo de veinte años en una carpeta (“tanto joyero como pudridero”) estos “textos más breves” que ahora componen la obra que nos ocupa.  
Para él han tenido, dice, “el atractivo de lo elemental, lo sintético y lo pequeño, y el alivio de la intensidad sostenida que producen (…) los más extensos y unidireccionales”.
Algunos nacieron breves y otros fueron objeto de “un proceso deliberado de poda y despojamiento”, precisa.
Ya que las artes siempre ha estado presente en sus poemas, aclara (cosa del todo pertinente en estos tiempos bárbaros) que “si contienen referencias a elementos del imaginario cultural, es porque ante y mediante ellos me he sentido llamado a dar cuenta de mí mismo”. En “términos de mi historial personal”, matiza, y añade: “nunca me he limitado a describirlos, puesto que son ellos los que, una vez designados, me describen a mí”. Concluye que su objetivo no ha sido en ningún caso la “accesibilidad”.
En la dedicatoria a su amigo el arquitecto Antonio Fernández Alba desliza que es “lector sabio y brillante”. No nos engañemos, a ese prototipo de lector ideal se dirige sin ambages Carnero. A un lector culto, el menos normal de nuestra época. Incluso el de poesía, que hasta ahora se caracterizaba por ser algo más que público.
La arqueología (recuérdese Poemas arqueológicos, de 2003) es la protagonista del primer poema: “Yacimiento”. Siguen, en el sentido cronológico de la Historia, otros que remiten a la Biblia, a la cultura clásica griega: Sunion, Himerio en Atenas, y a la romana: Ovidio (“Remedia amoris”), Virgilio (“Scripta manent”, donde se dirige a su amigo Cneo Cornelio Galo), Bizerta (que da origen a uno de los poemas más hermosos del volumen: “Factoría de Gárum en Bizerta”)…
En “Lección inaugural…” encontramos un irónico aviso para lectores: “Los ignorantes toman por verdad / el grado más pueril de la retórica”. En “Última oración de Severino Boecio” (en Pavía) y “Oración de Venancio Fortunato” evoca a los bárbaros. “Estancia de Heliodoro” se le ocurrió en el campo de exterminio nazi de Sobibor.
No es extraño que la edición de Cátedra, donde se agrupó parte de su poesía, López tuviera que recurrir a tantas citas a pie de página. No pocas, es verdad, innecesarias, siquiera para ese lector tipo a que antes aludimos. El que conoce las obras de Tiziano, Bronzino, Lucas Cranach el Viejo, Tintoretto, Domeniquino o Romero de Torres. Y ha leído al capitán Aldana y Góngora. El viajero perdido en Roma y Viena.
“Toda belleza duele y es violenta”, reza el primer verso rilkeano de “Muerte de Joaquín Winckelmann”, el que termina: “No a la melancolía, la soledad y el tedio; teme al amor de un ángel”.
Llegan después Tiépolo, Böcklin, Rodin, Yeats…
El viejo recurso del monólogo dramático y cuantos se ponen al servicio de ese artefacto literario denominado poema (la ironía entre ellos) no pueden ocultar, sin embargo, que estos versos ofrecen la medida de un hombre. Alguien que, según ha confesado en una entrevista, visita subastas “para adquirir muebles de épocas más felices”. Como la del último poema.
Por encima de esa sustancia culturalista, en el mejor sentido: el más genuino y vital, que impregna la poesía carneriana, uno destacaría la verdad de su belleza, que se centra, claro está, en el lenguaje. Dúctil, exacto, epigramático, sentencioso. Elegante, como don Guillermo. Propio de alguien que apoya su labor poética en el conocimiento y el rigor.
Celebra uno, en fin, que estos poemas no hayan permanecido en un cajón. Entre la “fragilidad” y la “piedad”, aportan, sí, “una nueva forma de concebir la intensidad y de acotar la expresión”. Un libro, sí, iluminador y necesario.

Guillermo Carnero                              
Vandalia. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2017

NOTA: Esta reseña ha sido publicada en el número 129 de la revistas Clarín.

12.6.17

Vuelve Tejada

Razón de ser, de José Luis Tejada (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1927), se publicó por primera vez en 1966, aunque en el prólogo se desmienta lo que reza en la contracubierta, esto es, que fue en el 67. Sólo por ese texto, firmado por Juan Bonilla ―que el de Jerez me permita el exceso― ya hubiera merecido la pena rescatar este libro del injusto olvido, algo que no sólo tenemos que agradecerle a él, sino también al arriesgado editor Javier Sánchez Menéndez, un hombre convencido de que no sólo los poetas jóvenes merecen una oportunidad.
Tejada no tuvo suerte, digamos, de pertenecer a una generación como la suya: la del 50. Tampoco le vino bien empezar a publicar tan tarde. Con todo y con eso, lo ha dicho mucho mejor el prologuista: “Las jerarquías literarias, el afán por reducir la literatura a una serie de nombres, la selección nacional de cada época, el hecho mismo de que las antologías suelan ser antologías de poetas y no de poemas, suele tener como consecuencia que los nombres de un buen número de poetas interesantes, verdaderos, queden rezagados u ocultos, fuera de los templos en los que se veneran a los autores del canon”. Más adelante advierte de “los riesgos que corre el deporte de dividir a los poetas en grupos generacionales”, que aquí se practica, “al menos, desde el 98”, y del peligro de “convertir la literatura ―y la poesía― en una competición”. Y lo dice, claro está, porque esa es la razón de que, no ya poetas, libros, se hayan quedado en las cunetas de los manuales y, en consecuencia, lejos de los lectores más desavisados.
Por razones de edad, conozco la obra de Tejada desde joven, aunque, como tantos, no haya sido capaz, hasta ahora, de situarlo en el lugar que sin duda merece. Ya advierte Bonilla que Jaime Siles hizo por rescatar sus versos en la antología Desde un fracaso escribo (Fundación José Manuel Lara. Colección Vandalia, Sevilla, 2006), que pasó hace una década, ay, sin pena ni gloria. Allí, el autor de Semáforos, semáforos escribe: “La obra poética de José Luis Tejada participa de los rasgos generacionales del 50, pero con significativas diferencias que explicitan su singularidad. La primera de ellas es su idea del lenguaje como habla más que como lengua, que Tejada interpreta y asume al modo de Lope y en la línea de la lírica popular; la segunda es el tono moral, que Tejada entiende como testimonio, por un lado, y como compromiso ético por otro, aunque, en su caso, ambos traducen una visión transcendente y cristiana que lo aparta del grueso de su generación”.
Somos con frecuencia, como sostiene Bonilla, “el peor tipo de cosmopolita que se puede ser: aquel que piensa que todo lo que viene de fuera es interesante y nada de lo que se produce a quinientos quilómetros a la redonda puede tener mucha importancia”. Acierta también con las palabras que explican el alcance e intenciones de este libro que quedó finalista del premio Leopoldo Panero en 1965. Lo ganó La carta, del militar ferrolano de Intendencia José Luis Prado Nogueira, quien ya había alcanzado, aunque nadie lo recuerde, el Premio Nacional por su libro Miserere en la tumba de R. N. en 1960. Por cierto, el año que se publicó el libro de Tejada, 1966, el que consiguió el Nacional fue Arde el mar, de Pere Gimferrer (cuando aún el galardón oficial se llamaba Premio Nacional de Literatura “José Antonio Primo de Rivera”). Decía, tras esta arqueológica digresión, que Bonilla da en el clavo cuando dice: “Aquí quien manda es una soledad existencial que parece producto de un desencanto al que no se le puede oponer otra cosa que los mismos versos en los que se nos da cuenta de él”. Y contra el desencanto y la soledad, el amor. Porque, y cita Tejada a San Juan, “El que no ama permanece en la muerte”. Sí, contra la muerte está escrito también, lo que evidencia el poema “Hijo de la muerte”, que figura en la sección final, “Otros poemas”, dedicado a la de un hijo que no llegó a nacer.
No es extraño, en fin, que Bonilla mencione “la vida auténtica” y la “autenticidad que emociona” para referirse a poemas como el que acabo de citar. Ni que apele al “lector sensato” que busca poesía para encomendarle la lectura de Razón de ser. Empieza: “No hay solución. Ni a solas ni con nadie”. Sigue: “¿Quién no está solo?” No se olvida de “los solitarios incurables”. Y en el primer poema de “Consolaciones” (por la carne, la amistad, la estirpe) leemos: “Amar es más difícil que parece; / ser amado, imposible”. Se atreve a orar (años sesenta) por “los españoles sin España”: “que nadie les pregunte ni les haga / fiesta a ninguno nadie, como que son de casa”, Y escribe incluso la palabra “exilio”.
Al principio, para abrir la sección que da título al libro, hay un epígrafe de Wilfred Owen que dice: “Hoy día lo más que puede hacer un poeta es advertir”. Pues eso. 

Razón de ser
José Luis Tejada
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 3 de la revista de creación y crítica Heterónima

7.6.17

Lisboa, Pessoa y Soledad Sevilla

Soledad Sevilla expone en la galería Passevite de Lisboa. La muestra se titula "Rutas del desasosiego". 
Explica muy bien sus propósitos en una entrevista que ha concedido al diario ABC.

4.6.17

Carvajal

El fuego en mi poder

Antonio Carvajal
Hiperión, Madrid, 2015. 92 páginas. 

Antonio Carvajal (Albolote, Granada, 1943) reunió sus primeros libros en Extravagante jerarquía. Luego fueron llegando, entre otros, Del viento en los jazmines, De un capricho celeste, Testimonio de invierno (Premio de la Crítica, 1991), Miradas sobre el agua, Alma región luciente, Los pasos evocados y Un girasol flotante (Premio Nacional de Poesía, 2012). Casi desde el principio, este novísimo (que, como otros importantes, se quedó fuera de la antología de Castellet) tuvo que asumir el “honroso pero ambiguo título” de il miglior fabbro de la poesía española contemporánea (tras reconocer que “hay poetas de reconocido talento que son vagos y carecen de técnica”, dijo a ese propósito:he sido y soy muy humilde con mis maestros”). No faltan motivos para resaltar esa condición tras leer este libro que nos ofrece “ocios de senectud y adecuaciones de la memoria” y donde no faltan esos “alardes técnicos” que le han hecho justamente famoso. Pero que nadie se equivoque. Detrás está el poeta concienzudo, perfeccionista y riguroso de técnica esmerada que conoce su oficio, porque lo ha estudiado con disciplina, y cree en la bondad de la belleza y en que lo “bien dicho” tiene su fundamento en el número. Por eso, personal como pocas, a contracorriente siempre, la voz barroca de Carvajal, que fuera profesor universitario de Métrica, brilla aquí con luz propia, tan atenta a la tradición –en constante diálogo con los clásicos, antiguos y modernos– como a la vida, pues que, como dijo en la Fundación March: “ésa es mi gran tarea: dar a los demás lo mejor de mí mismo de la mejor manera que sé hacerlo”.
No es baladí la elección de un verso de Lope para el epígrafe inicial. Madrigales y baladas inician el desfile y ello para que quede claro que la música va por delante (“De la musique avant toute chose”), y, junto al inevitable ritmo, ambas son marcas de la casa. Y silvas y sonetos, una composición que domina: “Tiene el soneto anhelos de divina / proporción”. Y casi todo en función de la amistad y sus circunstancias, que no deja de ser aquí el motivo, digamos, de fondo. Amigos como Emilio Lledó, Rafael Inglada (“Sé tú feliz. / Y me tendrás contento”), Antonio Gallego (“Si escribo es porque leo y porque amo”), Jenaro Talens… Poemas para amigos artistas que pintan o dibujan. Celebración de la cultura y el paisaje (“Sólo ama el paisaje quien lo vive”), del jardín con el agua (al que vuelve a dedicar versos memorables) y las flores (clara remembranza granadina de Soto de Rojas, el del paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos) donde puede aparecer de pronto una meditación sobre la corbata o un interludio para Mariana Pineda.
Himnos, sí, pero también soledades y elegías: “Los que llamaba mío ya es memoria”. Dolor propio y ajeno que se resuelve gracias a la piedad: “Si vale poco, si mi poesía no logra la rara virtud de fundar una esperanza, una alegría, un consuelo, una certeza vital en algún corazón fraterno, sepan que se deberá a mi falta de talento, no a miseria moral o a noluntad en mi entrega”, dijo en la citada conferencia del ciclo Poética y poesía.
Sin miedo a las palabras, al decir exuberante y gongorino, este libro, armado por su tono, donde encontramos poemas tan logrados como “Desde el faro” (“Severa- / mente nos dice inerte la memoria / que somos un fulgor que apenas dura”) o “Canción del sol en primavera”, tiene como colofón barroco otro poema concluyente: “Concerto grosso”.

PEQUEÑO TEATRO EN EL MUNDO

A Francisco Ruiz Noguera

Esta luz cenital me ciñe solo
ante vuestra tiniebla sin sonido.
Fluye mi voz pero no sé si os digo
mi alma, mía y sin mí, que es alma de otro.

No os puedo ver ni os puedo oír. Respondo
a tal presencia ausente con el ímpetu
de mi verdad, mi sangre, mi latido;
fluyo en vuestro silencio con remoto
sentir, posible autor de vuestro sueño
y de pronto me siento abandonado,
náufrago en la platea y en los palcos,
delfín varado en sirtes del proscenio.

Callo, me apago, espero vuestro aplauso
y vuelvo en mí por el silencio envuelto. 

NOTA: Sin porqué, esta reseña se quedó atrás. Su destino era de papel, pero... La poesía de Carvajal no pasa. Además, el libro llegó a las librerías a principios del pasado año. Sigue al alcance de cualquiera.  

31.5.17

Manguel dixit

Library Matters
"En francés hay una palabras perfecta para describirme: passeur. Me gusta ese rol del que pasa algo. Me gusta leer y comentar mis lecturas. Mis libros salen de otros libros, del esfuerzo por entender las ideas de otros, y la lista del Formentor está llena de pensadores y creadores originales”. Alberto Manguel, Premio Formentor 2017, en conversación con Javier Rodríguez Marcos. El País.

29.5.17

Palabras para un premio

Buenas noches.
Presidente, autoridades, ribereños, estimados amigos...
El poeta y profesor Guillermo Carnero decía hace poco que preferiría haber vivido en el siglo XVIII. Y matizaba: “Pero en el XVIII francés, no en el español, aunque Meléndez Valdés era un poeta de primera fila, de rango europeo. Y también lo era Jovellanos, aunque pocos lo recuerden. Me gusta el XVIII primero en lo estético, porque es un siglo sensual y vital, en el que la represión moral desaparece en el arte, y se impone el desnudo. En Francia, pero no en España, donde 'La maja desnuda' de Goya tenía que mantenerse escondida. Y segundo, en lo ideológico, porque es la última época de Occidente en la que se puede ser con inocencia y de buena fe progresista y de izquierdas. Todo está aún por descubrir, y todavía cabe creer en las utopías, que irán luego fracasando, desde la Revolución francesa a la Bolchevique”.
No he encontrado mejor manera de empezar este breve discurso que citando al novísimo y su elogio del Setecientos y de Meléndez Valdés, el poeta que da nombre a este premio que celebra su primera edición coincidiendo con el bicentenario de su muerte en el triste exilio francés de Montpellier, como un Antonio Machado avant la lettre, tan lejos de su Ribera del Fresno natal. 
Dije desde el principio que la idea de crearlo (que debemos en gran medida a la perspicacia de José María Lama) era excelente. Por lo que tiene de reivindicación de uno de los extremeños más ilustres (e ilustrado) y para diferenciarse de la avalancha de galardones poéticos locales o provinciales que plagan el panorama. 
Un premio de alcance nacional y patrocinio público (Ayuntamiento, Junta y Diputación), impulsado desde el medio rural, que en Extremadura, por suerte, sigue existiendo, al margen de esa “España vacía” acerca de la que ha escrito, con tanto éxito, Sergio del Molino.
Un premio, éste, destinado a distinguir el mejor libro de poesía publicado en España el año anterior. 
Conviene destacar la pulcritud del procedimiento de elección del ganador y, antes, de los finalistas, siquiera sea para demostrar que en España, a pesar de los pesares, se pueden hacer las cosas de otra manera. Bien, quiero decir, sin corruptelas.
Porque es un premio de la crítica, contó en primera instancia con críticos, periodistas culturales y profesores. La lista de personas que colaboraron, desinteresadamente, en la primera criba, de los medios literarios más importantes de este país, da fe del rigor con que se ha llevado a cabo, insisto, el proceso. Lo avalan los nombres de Nuria Azancot y Francisco Javier Irazoki, de El Cultural; Javier Rodríguez Marcos, de Babelia/El País; Jaime Siles, de ABC Cultural; Enrique García Fuentes, del diario HOY; el profesor de la Universidad de Extremadura Miguel Ángel Lama; y Álex Chico, de la revista Quimera.
Es digna de destacar también la gestión del democrático voto delegado de la alcaldesa, que surge de la contrastada opinión de un puñado de ribereños; lectores comunes y, en consecuencia, honestos. 
Por fin, un jurado, que me honré en presidir, formado en esta ocasión por Olvido García Valdés, Irene Sánchez Carrón, Piedad Rodríguez Castrejón (alcaldesa de Ribera del Fresno), Elisa Moriano (en representación de la Diputación de Badajoz), Juan Ramón Santos, Eduardo Moga (en representación de la Junta de Extremadura) y José María Lama (secretario con voz pero sin voto), un jurado en el que se mezclan poetas, críticos, filólogos y lectores, personas, en suma, con criterio, tuvo que tomar la decisión final y les puedo asegurar que, a pesar de que no era sencillo decidir, se hizo, tras sucesivas votaciones, con claridad y tras sopesar los pros y los contras de los seis libros finalistas, todos ellos candidatos en igualdad de condiciones a conseguir el galardón. Por el mero hecho de ser eso: libros de poesía y no otra cosa, que es, al parecer, lo que se lleva ahora. 
Me refiero a obras espléndidas, que diría Santiago Castelo, como Carta al padre, de Jesús Aguado (Fundación José Manuel Lara), Corteza de abedul, de Antonio Cabrera (Tusquets, que acaba de conseguir el Premio de la Crítica Literaria Valenciana), No estábamos allí, de Jordi Doce (Pre-textos), Ser el canto, de Vicente Gallego (Visor), Han venido unos amigos, de Antoni Marí (Renacimiento) y Pérdida del ahí, de Tomás Sánchez Santiago (Amargord).
Fue emocionante asistir a las deliberaciones del jurado, donde con tanta pasión y con tanto conocimiento se debatieron las diferentes lecturas de los libros, en especial de los dos que llegaron hasta el final. Pocas veces, en mi ya larga trayectoria de participación en este tipo de tribunales poéticos, he asistido a tan solvente cruce de argumentos. Al final, No estábamos allí, de Jordi Doce, se alzó con el Premio Nacional de Poesía ‘Meléndez Valdés’ por amplia mayoría. En el acta se destaca “que se trata de un libro especialmente significativo en la trayectoria poética del autor (que desde hace diez años no publicaba ―en rigor― un libro de poesía), un libro innovador lleno de paradojas, incertidumbres, preguntas, de experimentación y riesgo, y por tanto de extrañeza y misterio bajo una luz nórdica. En él se da una mezcla de géneros, que va del poema en prosa al diario, pasando por el uso de los versículos o las enumeraciones. Para Jordi Doce la escritura supone «un aprendizaje moral e intelectual, una forma de hacer mejor ―más intensa y plena, más benéfica― la vida». Uno de los poemas más significativos se titula, de hecho, “Aquí, ahora, en ningún sitio”. Acaso No estábamos allí sea una especie de relato intemporal en busca de la identidad «en medio del camino de la vida»”.
Su autor, Jordi Doce (Gijón, 1967), ha publicado libros de poemas como Lección de permanencia, Otras lunas y Gran angular, así como la antología Nada se pierde. Poemas escogidos.
En prosa, los libros de notas y aforismos Hormigas blancas y Perros en la playa, los ensayos Imán y desafío (IV Premio de Ensayo Casa de América), La ciudad consciente, Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica y Zona de divagar, el libro de artículos Curvas de nivel y el de entrevistas Don de lenguas
Ha traducido, además, la poesía de Auster, Blake, Eliot, Auden, Tomlinson, Hughes, Simic, Carson y Burnside, entre otros, y la prosa de Quincey y Ruskin. 
Estudió Filología en la Universidad de Oviedo, es doctor en letras por la Universidad de Sheffield, donde fue lector de español antes de serlo también en la Universidad de Oxford. En la actualidad, tras su paso por la sección de Publicaciones del Círculo de Bellas Artes de Madrid, de coordinar la edición española de la revista mexicana Letras Libres y la editorial hispano-mexicana Vaso Roto, reside y trabaja en la capital de España como editor, traductor, conferenciante y profesor de talleres de escritura creativa en la escuela de letras Hotel Kafka. Desde hace once años publica un blog, Perros en la playa.
De él dijo en El Cultural el crítico Martín López-Vega: «Si Jordi Doce (…) no existiera, habría que inventarlo. Poeta, aforista, traductor de referencia, ensayista, editor, es, por desgracia (para todos los demás), un caso excepcional en nuestro panorama poético: un creador generoso que lejos de centrarse únicamente en su obra ha estudiado y divulgado la de muchos autores que o eran desconocidos, o eran mal conocidos entre nosotros». 
Sí, por fortuna existe. Antes de cederle la palabra, permítanme añadir que estamos, en efecto, ante uno de los mejores poetas de este país. Perdonen la jactancia, pero sé de lo que hablo. En el pequeño patio de la poesía española nos conocemos todos. Jordi Doce ha logrado eso que muchos pregonan pero muy pocos alcanzan: tener una voz personal y establecer un mundo propio. Leo sus poemas desde que publicó su ópera prima y he seguido su trayectoria con fidelidad y admiración crecientes. Pocos poetas tan rigurosos, formados y capaces como él. Pocos tan apartados del pavoneo lírico (es hombre tímido, educado y modesto) y de las estrategias y manejos que algunos llevan a cabo a favor de su vanidad y de sus intereses personales y en detrimento de la noble poesía. En este sentido, en el mejor, estamos ante un escritor ejemplar. Por eso el ‘Meléndez Valdés’, lo digo con orgullo, no podía haber empezado mejor. Dando a entender que no hay atajos para llegar a la excelencia. O que, en poesía, la excelencia es el único atajo. Enhorabuena, Jordi.














Nota: estas palabras fueron leídas en la entrega del Premio Nacional 'Meléndez Valdés' que tuvo lugar el pasado viernes 26 de mayo en Ribera del Fresno, Badajoz. 

26.5.17

Tina

Día: 27 de mayo.
Hora y Lugar: 10,30 h. Carpa de Conferencias. Feria del Libro de Badajoz. Paseo de San Francisco.
Organiza: Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx). Patrocina: Fundación Caja Badajoz.

DÍA DEL BIBLIÓFILO.
HOMENAJE A AGUSTINA BRAVO ORTUÑO.

Intervienen:
D. José Luis Bernal Salgado.
Dª Malén Álvarez.
D. Jesús Cañas.
D. Miguel Ángel Lama.
D. José Luis Rozas.

25.5.17

En el 20 aniversario de Sibila

Foto: Alberto Valverde
Le dejaron a uno aparcar en las traseras del Palacio del Marqués de Salamanca, el que da nombre al lujoso barrio madrileño, entre coches oscuros de gama alta. Por lo del viaje relámpago. Iba con prisa y tenía que volver en cuanto aquello acabara. Tarde bochornosa en el Paseo de Recoletos, sede de la Fundación BBVA, anfitriona de la fiesta del veinte aniversario de la revista Sibila (el "aquello" a que hacía referencia). No en vano sostiene con sus fondos esa exquisita publicación, por dentro y por fuera, que alcanza su número 50. Tras unas pruebas de sonido, Susana Benet y yo fuimos conducidos a una confortable sala próxima al patio central de la casa, con paredes forradas de maderas nobles, anexa a otra de juntas con una mesa enorme donde no era difícil imaginarse reunidos a un puñado de banqueros. Té, café... El trato, exquisito. La poeta valenciana iba acompañada por su marido. Uno, felizmente, por su hijo. Con nosotros, Patricia Ehrle y Juan Carlos Marset, almas de la revista sevillana, a los que encontré con un aspecto estupendo. Poco después llegó el poeta polaco Adam Zagajewski, protagonista de la velada. Un hombre delgado, cordial y silencioso, de modales educados y tímidos que a veces sonreía. Envidié la comodidad de sus vaqueros. Vestía con aire informal, si bien para el acto se puso encima de la camisa de manga corta una sobria americana oscura. Venía con Iwona Zielińska, del Instituto Polaco de Cultura, entidad colaboradora del acto, la más activa e interesante de cuantas pueblan el patio cultural capitalino.
La conversación, conducida por Marset, fue sobre todo en inglés. A uno, que ni lo habla ni lo escribe, no le costó seguir, a debida distancia, el hilo. Fui el primer sorprendido. Llegaron más tarde Juan Manuel Bonet, Rafael Pardo, director de la Fundación, y Mirosława Kubas-Paradowska, directora del citado Instituto, que habla un perfecto español con acento colombiano. Aunque para castellano perfecto el de la embajadora de Polonia en España, Marzenna Adamczyk, hispanista, una mujer vital de una simpatía desbordante que acaparó con naturalidad la atención de los presentes.
Foto: A. V.
El acto en sí se desarrolló según lo previsto, aunque los horarios no resistieran el férreo, profesional control de las organizadoras. Tras la breve intervención de Pardo (con cerrada y pertinente defensa de la alta cultura y de la excelencia, por políticamente incorrecto que eso sea), tomó la palabra Marset, al que le costó soltarla: no es fácil resumir en unos minutos la extensa e intensa historia de una revista tan singular y cosmopolita. La suya fue una defensa del papel. En sentido real y en el figurado. No en vano Sibila se caracteriza, entre otras cosas, por estar impresa en un magnífico papel italiano de Amalfi fabricado por la casa Amatruda. Un vídeo, tan artístico como todo lo sibilino, trató de resumir dos décadas de arte, música y literatura. Siguió la conversación entre Bonet, polaco consorte, y Zagajewski (con traducción simultánea), que a todas luces nos supo a poco. Se queda uno con la emocionada evocación de Cracovia, su lugar, el que también eligió Szymborska, la ciudad que protagoniza su extraordinario libro En la belleza ajena y no pocos de sus versos. Leyó después algunos. Sin énfasis, en voz baja y con naturalidad, como quien habla. El público siguió esa lectura gracias a las traducciones (espléndidas, de Xavier Farré) insertas en el programa de mano; editado, por cierto, con esmero. Después le tocó el turno a uno. De los cinco poemas seleccionados para el mencionado programa, leí sólo cuatro. Suele ocurrirme. Dije unas pocas palabras sobre Patricia y Juan Carlos y sobre el privilegio que suponía haberles acompañado en esa aventura al que se sumaba el de leer con Zagajewski, por cuya poesía siento verdadero fervor (por usar un término muy suyo). Desde el principio, desde aquel número rojo diseñado con elegancia por Joaquín Gallego (al que saludé muchos años después) que se presentó en la Residencia de Estudiantes. Leí, para empezar, "Santa Chiara", la basílica napolitana donde conocí a Marset en mayo de 1992, hace exactamente veinticinco años. Cerré con el poema que da título al próximo libro, El cuarto del siroco. No me olvidé de mi homenaje a Cirlot, tan apropiado para dedicárselo a Bonet, cirlotiano de pro.
Siguieron los versos y haikus de Benet, la más japonesa de nuestras poetas. De "ramoniano" calificó Bonet uno de ellos.
El cierre fue brillante, a cargo del pianista Juan Carlos Garvayo que interpretó tres piezas muy bien escogidas: "Monólogo I", de César Camarero; "Paseo de los tristes", de Jesús Torres; y la impresionante "Jerez desde el aire o al aire de Jerez" (doy fe de lo que mucho le gustó la interpretación a Zagajewski, que estaba sentado a mi lado), de Mauricio Sotelo, al que conocí en la Resi en el debut de Sibila.
Pocos saludos al salir. La prisa, ya dije. Ni siquiera me pude despedir como es debido del poeta polaco y sus acompañantes. Ni de Benet y su marido. Ni... Al menos di la mano a dos Antonios: Garrigues Walker, que tanto ha hecho por Sibila, y Gallego, que fue profesor de Garvayo y que se enfadó conmigo, verato confeso, por no haber leído el poema sobre el Cementerio Alemán de Yuste. Alfredo J. Ramos venía con un saludo de parte de Carlos Medrano. Abracé a Jordi Doce (que entrevistó para uno de sus libros al autor de Ir a Lvov). Me presentó a Martín López-Vega, al que no conocía en persona. Ya en el jardín, apenas una cerveza sin alcohol y una croqueta.
Me fui con la sensación de que pocas veces le habían tratado a uno mejor. La organización fue perfecta. En la mejor tradición de las fundaciones madrileñas: Loewe, March...
Llevé después a mi hijo hasta Plaza de España y él siguió camino en autobús hacia Segovia mientras uno volvía en coche a Plasencia. Me costó conciliar el sueño aquella noche. Demasiadas impresiones en poco tiempo.

22.5.17

En busca de Vicente Marrero

El Instituto de Estudios Canarios, el Ateneo de La Laguna y Ediciones La Palma se han puesto de acuerdo para publicar un libro distinto. Andrés Sánchez Robayna, prologuista y antólogo, ha tenido el acierto (que agradece vivamente este lector) de reunir estos Veinticinco poemas de un poeta casi desconocido, Vicente Marrero. Nació en Arucas, Gran Canaria, en 1922 y murió en Madrid en 2000. A partir de un poema, "Los dragos", Robayna le ha seguido la pista hasta confirmar que este hombre de perfil conservador, católico y carlista, que amplió su formación académica en los años cuarenta del pasado siglo en la universidad alemana de Friburgo, de la que llegó a ser lector (y puede que hasta "discípulo" de Heidegger), y se dedicó, sobre todo, al ensayo de materias artísticas (Picasso, Oramas), literarias (Rubén Darío) políticas y, claro, filosóficas, hasta confirmar, decía, que Marrero (Premio Nacional de Literatura en 1955) no era autor de un solo poema digno de tal nombre. Su pesquisa dio el resultado previsible y ahora lo podemos comprobar al leer estos versos. No son muchos. Porque, como explica el profesor canario, este es un autor de antología (y "estricta"), no de obras completas. La suya está compuesta por dos cuadernillos publicados a finales de los sesenta en la malagueña El Guadalhorce, un libro del 70 en Arbolé de Madrid (agrupados en Poesía, Doncel, 1974), además de otro de 1989, con dos series más y que fue editado en Las Palmas.
En el citado Poesía confesó: "mi entrega a la poesía ha sido como el fruto de quien, un tanto desengañado, se recoge en la intimidad para cultivar el verso". Quise, añade, "escribir unas cuantas palabras verdaderas". Y de eso dan fe este puñado de poemas. 
En ellos recuerda su infancia isleña ("Entonces era un niño", "Lugar de origen", "Yo era un niño..."), a su madre ("La madre un día..."), al padre ("Pared de piedra seca", juntos a "Los dragos", uno de los mejores del conjunto), su casa ("Miro el árbol antiguo..."), su existencia (y su epitafio: "Su vida / toda la quiso hacer / verbo"), el mar ("Te llevo por mis venas, viejo mar..."), la poesía ("Creación"), etc. 
Son versos serenos y luminosos, cálidos y cercanos, sin retórica y sencillos. Dignos de la preciosa edición (que incluye el retrato que le hizo Manolo Millares), tan sobria y limpia como ellos, que Robayna y los mencionados editores han logrado poner en pie para que lectores despistados, como uno, podamos al cabo disfrutarlos. Ahora estará más tranquilo Marrero: ha colmado su intento.

LOS DRAGOS

Los dragos tienen sangre y son eternos.
Dan memorable lumbre y buena sombra.
Sabios monarcas familiares, reinan
en la terraza, desde donde un día,
en una mecedora, la mirada
de la madre advertía tiernamente
pasar, majestuoso, un trasatlántico.
Sin tumbarle su rumbo, ni el vaivén
del mar o de los campos o del aire,
tenía ella la paz y aquella sombra
-imperio sin edad y siempre verde-
a la que contemplaba, entre la rueda
de los años, girar con honda calma.

17.5.17

Sin disfraces y sin sobreactuaciones

De Juan Marqués (Zaragoza, 1980), crítico literario, ensayista, estudioso de Luys Santa Marina (al que dedicó su tesis doctoral, dirigida por José-Carlos Mainer, y del que editó una antología: En el alba no hay dudas), sus lectores llevábamos tiempo esperando una nueva entrega poética, aunque lo suyo, ya se ve, no es la velocidad, sino la lentitud, algo lógico si tenemos en cuenta lo que escribe y cómo lo escribe. De ahí la sorpresa al recibir Blanco roto en la siempre preciosa edición de La Cruz del Sur de Pre-Textos, con viñeta en la cubierta de Guillermo Trapiello. Este es su tercer libro de poemas, tras Un tiempo libre (2008) y Abierto (2010). 
Me llamó hace años la atención el nombre de Juan Marqués porque su ópera prima (que publicó la granadina Comares) estuvo mucho tiempo en una de las poco fiables listas de libros de poesía más vendidos. Eso era antes de que llegaran Frida, sastres y marwanes. No obstante, no recordaba haberme encontrado con ninguna reseña sobre aquella obra. Leí la segunda, Abierto (ya en Pre-Textos), y me sorprendió gratamente. La suya era y es una poesía sobria, escueta, clara, serena, delicada, que dice más por lo que sugiere que por lo que expresa. También de una frescura destacable. De las tradiciones, sí, pero, precisamente por eso, de su tiempo, que es el nuestro.
Blanco roto se lee, como quien dice, en un periquete. Tiene pocos poemas y son breves. Y además su claridad es manifiesta. Sin embargo, cuántos libros de muchas más páginas y cuántos poemas verborreicos le han dicho a uno infinitamente menos que este puñado de versos. Además, apenas lo cierras ya estás con ganas de abrirlo de nuevo, porque, entre otras razones, esta poética esconde un misterio que a la primera puede pasar desapercibido. 
La delicadeza, sutil forma de la elegancia, caracteriza una poesía, ya se dijo, más sugerente que afirmativa. 
"Nada sobra. Todo está en equilibrio", leemos, con guiño guilleniano, en el primer poema, "Principios". Termina cuando alguien le dice que hablen "de otra cosa", que es como se titula la segunda parte. Se abre con "Canción": "Cree en mí, realidad, / igual que yo te acepto como eres. // Sé que te tengo, alma, / pero por fuera. // Cuida de mí, canción. /  Di lo que yo no pude / cuando puedas." Y luego, en "No hablo de mí": "Nunca quise sorpresas. / Me basta con estar, saberme aquí / sentirme limitado y adoptar la costumbre / de existir sin disfraces / y sin sobreactuaciones". Se escribe como se es, dijo alguien, lo que aquí se pone de manifiesto. 
En "Postal de Pontevedra" escucha uno en sordina -parece un sutil homenaje- la voz de otro poeta, Juan Manuel Bonet, al que Marqués ha editado recientemente, nada menos que su poesía completa.
A veces el poema se adelgaza hasta casi desaparecer: "En el Vips de la calle Velázquez": "Una chica metiendo hielo y flores / en una bolsa roja". 
"El cielo de Madrid" cierra esta serie y su último verso es: "el cielo de mis hijos". A ellos dedica la parte siguiente. A Bruno y a Vera ("niña totalitaria" la denominó en cierta ocasión irónicamente), con sendos poemas que llevan sus nombres por título. No es fácil escribir sobre los hijos. Para "volver a recorrer toda la infancia / desde la perspectiva del amor". Las emociones pueden traicionar al más curtido. No es el caso. Además, siempre puede salvarnos la mencionada ironía, como en "El día en que Bruno destrozó mis Valentes", o la ternura, con una nana.
"Perspectivas" contiene poemas excelentes: "Epitafio", "Plaza de pueblo", "Reencuentro", "Acuario"...
"Blanco roto", con cita previa de Emily Dickinson, poeta de cabecera de Marqués (o eso parece), cierra un libro sencillo, conciso y logrado del que copio un poema, que es también una poética:

EPITAFIO

Sólo le interesó la poesía 
y en ella obtuvo todo lo que importa:
el amor, el orgullo, la alegría.
Convicciones y dudas. Movimiento.

No le compadezcáis:
prefirió estar tranquilo a ser feliz
y eso lo convirtió en literatura.

Nota: Esta reseña ha aprecido publicada en el primer número de la revista Crátera.

15.5.17

Sibila en Madrid

Ya está anunciado en la página de la Fundación BBVA el encuentro que tendrá lugar pasado mañana con motivo de la celebración del 20 aniversario de la revista Sibila. Aquí está el programa. En el documento, además de las presentaciones (tanto de la Fundación como de la revista), se incluyen los perfiles biográficos de los participantes (Bonet, Zagajewski, Benet, Garvayo) y los poemas que se leerán. 
La entrada gratuita, pero el aforo limitado. Por eso es imprescindible solicitar asistencia antes del 16 de mayo (máx. 2 personas), indicando nombre, los dos apellidos y número de teléfono de contacto del solicitante y del acompañante en confirmaciones@fbbva.es

13.5.17

1916

Juanjo Polibea comunica a los lectores de poesía la salida de la revista 1916
Sobre ella, leemos: «1916 fue un año interesante. La muerte de Rubén Darío, la fundación de Dadá en el Cabaret Voltaire, la publicación del Diario de un poeta reciencasado, la publicación de La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán... Cifra de un mundo que acaba y otro que comienza. Cifra de unas señas de identidad que son la esencia de lo mejor de nuestro pensamiento, de nuestras letras, de nuestra cosmovisión.
Cuatro dígitos para conmemorar una fecha cardinal. Cuatro dígitos para conmemorar aquella otra iniciativa editorial del gran Manuel Altolaguirre celebrando nuestro crepúsculo áureo.
1916 es un catálogo y es una revista. Es un catálogo porque recoge la producción libresca en las diversas colecciones literarias de Editorial Polibea (El levitador -poesía-, La espada en el ágata -prosa-, Orlando Versiones -traducción- y Toda la noche se oyeron... -poesía latinoamericana de ahora), durante 2016 -punto de arranque escogido (con alguna cala en 2015) para esta publicación que se pretende anual-. Y es una revista porque reproduciendo, de un lado, los prólogos o los textos que se escribieron y leyeron -éstos con motivo las diversas presentaciones con que se dieron a conocer públicamente los títulos que editamos-; y, de otro, los artículos que reunimos bien en torno a las conmemoraciones de Cirlot o Kafka -en este número concreto-, bien en torno a las figuras de Aleixandre -recordando Velintonia- y Cernuda, o la portuguesa Maria Gabriela Llansol, las imágenes que nos llegan de Fez -a través de los cuadros de Najia Erejaï- o las voces de África (Rui Knopfli, Corsino Fortes, Paula Tavares, Conceição Lima), tan lejos y tan cerca, creemos que reunimos lo mejor de nuestra tradición y lo mejor de lo más nuevo, lo mejor de aquí y de allá, y, sobre todo, la alquimia imperecedera de la palabra que nos constituye, sobre la que se funda nuestra moderna mirada, cosmopolita, escindida, rara».
Se puede ver online en: https://issuu.com/191655/docs/1916 o descargar el pdf en: http://ellevitador.polibea.com/1916.pdf
¡Larga vida! 

12.5.17

21veintiúnversos

Queridos amigos:
Tenemos el placer de anunciaros la presentación del número 4 de la revista de poesía contemporánea 21veintiúnversosque tendrá lugar en el espacio Dos Lunas beach de Valencia, el próximo viernes 12 de mayo de 2017, a partir de las 19:30 horas.
Junto con la revista, presentaremos también los dos primeros números de nuestra nueva colección de cuadernos: The Naming of Birds de Robert Archer (con traducción de Guillermo Carnero) y Orinque de Aurora Luque.
Estáis todos convocados a acompañarnos en el citado acto de presentación, dentro del cual participarán leyendo sus textos algunos de los poetas que han colaborado en nuestro último número, así como también a compartir mesa y buena compañía en la cena que se celebrará a continuación.


BANDA LEGENDARIA
(Francisco Benedito, Juan Pablo Zapater, Víctor Segrelles)

21VEINTIÚNVERSOS, REVISTA DE POESÍA CONTEMPORÁNEA Nº 4:

Cubierta de MIQUEL NAVARRO

Poemas inéditos de ÁLVARO VALVERDE, ANDRÉS TRAPIELLO, ÁNGEL GONZÁLEZ, ÀNGELS GREGORI, ANTONIO COLINAS, ANTONIO PRAENA, ARCADIO LÓPEZ-CASANOVA, CARMEN CRESPO, CLARA JANÉS, DARÍO JARAMILLO AGUDELO, ERIKA MARTÍNEZ, INMA PELEGRÍN, JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE, JOSEP PIERA, JUAN CARLOS MESTRE, JUAN LUIS BEDINS, LOUISE DUPRÉ, RAFAEL ESCOBAR, RAFAEL SOLER y SARA CASTELAR.