17.2.18

Visor, 1.000

Aunque dedicaré a este asunto mi próximo artículo para la revista griega Frear, me apetece contar por breve y cuanto antes que Chus Visor, al que ya he dado mi más cordial enhorabuena, celebra la edición del número mil de su famosa colección negra de poesía con una antología que es, además, un homenaje a Antonio Machado. Cada uno de los poemas incluye el alejandrino que nos legó el poeta sevillano a modo de humilde testamento: "Estos días azules y este sol de la infancia"; título, por cierto, del florilegio. Lo explica muy bien el editor en su prólogo, que firma como Jesús García Sánchez, evidentemente.
Todo empezó en 1969 con Una temporada en el infierno, de Rimbaud, en traducción e introducción de Gabriel Celaya y prólogo de Jacques Rivière. Por entonces aquello aún se llamaba Alberto Corazón Editor, ilustrador, por lo demás, de las vistosas cubiertas de la primera época. Compruebo que por poco más de 20 euros se puede conseguir aún aquella primicia.
Entre los ochenta y cinco poemas de esta panorámica, que comprende las dos orillas del Atlántico, hay de todo: poemas (los más) y no poemas, poetas y no poetas. En el primer caso, porque lo que algunos pergeñan, por muy de ocasión que sea, uno nunca los llamaría así. Es lo que tienen los encargos. En el segundo, porque o se dedican a otra cosa (como el académico Paco Rico, el cantautor Joan Manuel Serrat o el periodista Jesús Ruiz Mantilla) o, leído lo leído, bien podrían hacerlo.
Ya en serio, mis textos favoritos -sólo eso, nadie pretende sentar cátedra- son, en orden alfabético (el que usa el editor), los de Belli, Benítez Reyes, Bonilla, Carvajal, De Cuenca, Deltoro, Gallego, González Iglesias (donde encuentro el verso más prodigioso del conjunto), Juaristi, Margarit, Marzal, Morejón, Oliván, Ripoll, Roca, Rodríguez Marcos, Rossetti, Rosillo (que se salta la norma del verso machadiano), Siles, Zamora y Zurita.
Ah, en el amplio listado no faltan los poetas del momento: Marwan y Elvira Sastre, que, por cierto, va a presentar próximamente uno de los libros ganadores de la pasada edición del Loewe, ahora que el premio cumple treinta años. Sorprendente, pero cierto, al menos para mí.
Ya que lo menciono, confieso que no me he molestado en contar qué proporción de mujeres hay en la muestra (como lector, me guío por los versos, que carecen de género), aunque no tardaremos en conocer el porcentaje que resulta de tan sensible cómputo. Por lo pronto, no faltan nombres de importantes poetas españolas e hispanoamericanas como Ida Vitale o Yolanda Pantin.
He disfrutado con la idea (hecha poesía) de Visor y con los poemas que de verdad lo son. La mayoría, insisto. Lo demás... mejor se lo dejamos a Juan de Mairena. 
A modo de ejemplo, copio el más breve del conjunto, sin título, de mi paisana Ada Salas:

Hoy
todavía

estos días azules y este sol de la infancia.

15.2.18

"Siroco", de Lucio Piccolo

Lucio Piccolo di Calanovella (Palermo, 1901- Capo d'Orlando, 1969), aristócrata siciliano y primo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de El gatopardo, escribió este poema que pedí a mi amigo Giovanni Scarabello que tradujera al español, una desinteresada labor que le agradezco.
En la versión final, consensuada entre los dos, ha participado también el poeta argentino Pablo Anadón, al que solicité su fundado criterio. 
Me encontré con "Scirocco" en un libro estupendo que me recomendó el poeta Pablo Fidalgo y que encontré, diría que de forma milagrosa, en las estanterías de La Central de Callao, en Madrid. A la primera. Se trata de Cento sicilie. Testimonianze per un ritratto, de Gesualdo Bufalino y‎ Nunzio Zago, publicado por la milanesa Bompiani en 2015. 

SIROCO

Y sobre las montañas, lejos en el horizonte
es larga franja color azafrán:
irrumpe la horda morisca de los vientos,
toma al asalto las puertas grandes
los observatorios en techos de esmalte,
bate en las fachadas del mediodía,
agita cortinas escarlatas, mástiles sangrientos, cometas,
abre claros azules, cúpulas, formas soñadas,
las pérgolas sacude, las tejas vivas
donde agua de manantial se posa en cántaros irisados,
retoños quema, de brotes hace broza,
en tromba cambia zaguanes,
se lanza sobre los crecimientos inciertos
de los jardines, agarra las hojas desiertas
y los jazmines pueriles –luego viene más dócil
golpea panderetas; lazos, franjas…

Mas cuando hacia occidente cierra las alas
de incendio el salvaje pontifical
y la última estela roja se deshace
por doquier sube la noche cálida al acecho.

SCIROCCO

E sovra i monti, lontano sugli orizzonti
è lunga striscia color zafferano:
irrompe la torma moresca dei venti,
d’assalto prende le porte grandi
gli osservatori sui tetti di smalto,
batte alle facciate da mezzogiorno,
agita cortine scarlatte, pennoni sanguigni, aquiloni,
schiarite apre azzurre, cupole, forme sognate,
i pergolati scuote, le gollete vive
ove acqua di sorgive posa in orci iridati,
polloni brucia, di virgulti fa sterpi,
in tromba cangia androni,
piomba su le crescenze incerte
dei giardini, ghermisce le foglie deserte
e i gelsomini puerili – poi vien più mite
batte tamburini; fiocchi, nastri…

Ma quando ad occidente chiude l’ale
d’incendio il selvaggio pontificale
e l’ultima gora rossa si sfalda
d’ogni lato sale la notte calda in agguato.

Nota: El retrato que ilustra esta entrada, "Lucio Piccolo e poltrona", es de Aventi.

11.2.18

Con Luis Pastor

Sentimientos encontrados, como suele decirse, le embargaron a uno la otra noche durante la lectura o recital de Luis Pastor en el Club del Verdugo, invitado por el Aula de Literatura 'José Antonio Gabriel y Galán' de Plasencia. El lleno era total. Como bien dice con ironía mi amigo Gonzalo, sólo deberían invitar a cantautores al Aula. Por lo del éxito. La cosa empezó de la mejor manera: entró en la sala cantando con Lourdes Guerra, acompañado de un timple. Me contaba Bernardo Atxaga que él suele comenzar sus actos literarios, sobre todo ante un público joven, soltando, por ejemplo, una frase en latín, con el fin de que la extrañeza de los presentes se ponga de su parte. Los músicos lo tienen más fácil. Que se lo cuenten si no al poeta Mestre, acordeón en ristre.
Decía lo de los sentimientos porque la velada fue de eso. De nostalgias y melancolías. De tiempos pasados e ilusiones vencidas. De recuerdos como los que relató Nicanor Gil en su presentación.
Como su amigo Pablo Guerrero (al que sí recordaba en el Verdugo, cuando entonces), Luis Pastor también publica libros. “Para los que tenemos una edad, hay un placer en el libro que no existe en otra cosa”, ha comentado. Ya van dos: De un tiempo de cerezas y ¿Qué fue de los cantautores? Uno no diría que son de poesía, sino de versos. Más letras de canciones que otra cosa, sin que eso suponga crítica o demérito. Autobiografía (“Cuento mi vida hasta 1979, hasta mis 27 años, cuando me retiré dos años de la canción, durante el primer desencanto político que vivimos después de las primeras elecciones”) a ritmo de octosílabos, como bien dice Sacha Hormaechea, que, por momentos, sólo por momentos, a uno le parece en realidad, ya digo, poesía. En rigor, quiero decir. De la que está en los poemas y no en otra parte. En su boca, con su gracia, que no es poca, suenan bien, por más que la métrica desfallezca a veces. No sé si al leerlos a solas y en silencio el efecto será el mismo. Más que poesía popular, que también, entre el romance y Galán, se le antojan a uno ocurrentes juegos rimados a los que, por suerte, no les falta ni sentido ni verdad. El testimonio por encima de la literatura.
El público, entregado, se emocionaba con el relato -memoria dicha de memoria- de la infancia del Joselito de Berzocana, el chico de los recados de Navalmoral o el botones de una siniestra oficina de Madrid, esto es, el Luis Pastor anterior al cantante que luego hemos conocido y admirado. El muchachino humilde de procedencia rural y campesina que emigró con su familia a las afueras de la capital del reino y que sufrió, como casi todos, los duros golpes de la vida. El de Vallecas, sobre todo. Un símbolo de la eterna Extremadura emigrante. Su biografía es la de toda una generación. De los de aquí, pienso de inmediato en Landero. Esto por una parte. De la otra, aparece el resistente, el ciudadano comprometido con la izquierda al que la propia izquierda ha tratado tan mal. “En la izquierda siempre hemos sido cinco y tenemos seis partidos políticos”, dijo hace poco en Barcelona. Alguien que cree en la democracia, pero desencantado por el retroceso político de los últimos cuarenta años. Muy crítico, en fin, con lo ocurrido. Por lo callado. Y a pesar de eso, se confiesa feliz por ser, y no por tener. Por el simple hecho de haber podido dedicarse a lo que le gusta, que es cantar. Cantarín y coplero desde chico, como su padre. 
A la hora del coloquio, que estuvo muy animado, me quedé con las ganas de pedirle que evocara el recuerdo, con Portugal al fondo, de nuestro amigo Ángel Campos, al que conoció bien, ahora que va para diez años que el sanvicenteño nos dejó. 
Estuvo como es. "Tan natural, tan hondo y tan expresivo como siempre", que diría el mencionado Hormaechea. Contento y triste salió uno del Aula a la noche y al frío, no sabría decir si de este o de otro febrero.

8.2.18

Cinco forasteros

En la quietud del mundo, de Shinkichi Takahashi (Ehime,1901- Tokio, 1987), reúne poemas -traducidos por  José Luis F. Castillo y Kyoko Mizoguchi- del que fuera introductor del dadaísmo en Japón, aunque los versos de esa etapa hayan quedado fuera debido a la dificultad de verter al castellano elementos tipográficos que mezclan caracteres japoneses y occidentales, según explica en su minucioso prólogo Castillo. Uno cree que no es demasiado importante que se haya prescindido de esa etapa vanguardista en favor de la que, podemos decir, predomina en su obra, esto es, la que se adentra "con mayor hondura por los caminos expresivos del budismo zen", por más que, debido a "su vocación renovadora", no adoptara las formas poética tradicionales de esa escuela: el haiku y el kanshi.
Su vida fue en sí misma una novela. Vagó en su juventud por el país, estuvo tres años recluido por una crisis mental aguda, se dedicó al periodismo, la práctica de la meditación le llevó a ordenarse como monje rinzai zen y pasó los últimos años de su vida en el barrio Nakano de Tokio, una vieja aspiración de este cosmopolita de provincias. Allí se casó y tuvo dos hijas. 
Pero lo más importante es, sin duda, su poesía. Al leerla, con su melancolía y su lucidez, uno sólo acierta a decir: la poesía era esto. Es esto. Lo demás sobra. Qué gran acierto presentar a este inmenso poeta al lector español. 

No es la primera vez que Visor publica una antología de Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930). Ya en 1999 apareció una. Ahora, bajo el título de Antología poética ve la luz la segunda. Y otra vez, como ha ocurrido recientemente con el estupendo florilegio de la mexicana Rosario Castellanos (que he reseñado para la revista Clarín), la edición es de Jesús García Sánchez, más conocido como Chus Visor. Desconocía uno esa faceta filológica, digamos, del responsable de una colección ya milenaria (en títulos), pero debo confesar que el prólogo que firma -largo y hondo- es digno de un especialista en la obra monumental, en todos los sentidos, del poeta venezolano que volvió a quedarse -una decisión injusta- sin el último Premio Cervantes.
J. G. S. dice que "Cadenas busca en la poesía una manera más explícita de expresar la derrota y el desencanto". Que en la escritura encuentra un "paliativo". Que "ha creado un mundo propio donde reina la transparencia, la sensibilidad y la lucidez junto a la incertidumbre y la perspicacia". Alude a la "ausencia de palabras innecesarias" y a que "la exactitud en el lenguaje es el único camino para alcanzar el sentido secreto de las cosas". No olvida mencionar el "misterio", término inseparable de esta poesía. Estamos, sin duda, ante un "poeta sin parangón" y recuerda unas palabras suyas que le definen: "El poeta moderno habla desde la inseguridad. No tiene más asidero que la vida".
No faltan en la selección poemas fundamentales como "Fracaso", "Derrota" o "Ars poética". Ni muestras de casi todos sus libros.
Quienes no se haya acercado nunca a Cadenas tienen ahora una ocasión de oro. Los que ya hemos fatigado sus versos, otra excusa para seguir disfrutando de su inmensa poesía. 

Lugar de un día, del griego Zanasis Jatsópulos (Aliveri, Eubea, 1961), que publica con pulcritud y esmero Miguel Gómez Ediciones, es un libro que incluyen tres ciclos de temática afín. Dos de ellos: Cual si presente y Lugar de un día (Señales de vida), que tuvieron una primera salida por separado, se publicaron al final en Complejos y carnales (2003), y el tercero, Con el quebrado hálito del tiempo, que formó parte de Cara a tierra (2012). 
El solvente traductor, Vicente Fernández González, profesor de griego en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga, es también el responsable de la selección, que cuenta con la venia del autor. 
Cabe añadir que Jatsópulos es psiquiatra infantil con consulta, como psicoanalista, en Atenas. También que ha traducido a Tournier, Jaccottet, Chateaubriand, Cioran, Valery y Virginia Woolf.
No es la primera vez que su poesía se vierte al español. Fernández González ganó en 2003, y por segunda vez, el Premio Nacional de Traducción con otro de sus libros: Verbos para la rosa del poeta griego, que vio la luz en la misma editorial malagueña.
De su poesía diría que es concisa, sobria, elíptica incluso, pero llena de luz, carnal y descriptiva. Está cargada de imaginación, sensualidad y misterio. Poesía de la memoria: "Se adentra lentamente la memoria en el olvido". De "la verdad del ser humano en medio de lo que respira". En "Áspera quietud" leemos: "Cruzamos intempestivos / La penitencia del silencio". 
Poesía, en fin, que a uno le parece conseguida tras un paciente y cuidadoso destilado. Donde la precisión es, sin duda, ley.

Hilario Barrero, su traductor, ya nos presentó poemas de Sara Teasdale hace unos meses en la revista Clarín. Aquellos y muchos más aparecen ahora en Luces de Nueva York y otros poemas, una antología de la malograda poeta norteamericana (que acabó suicidándose) publicada por Ravenswood Books Editorial.
Esa famosa ciudad, donde Teasdale residió la mayor parte de su vida, es el tema fundamental del libro. En esos años, por cierto, en que aquélla se convirtió definitivamente en la urbe por excelencia de los rascacielos -torres dice ella. River to the Sea, volumen al que pertenecen la mayor parte de estos poemas, apareció en 1915.
Al leer los títulos me recordaba a Fonollosa, que también utilizaba las direcciones en sus rótulos. Y por lo que de urbanos, claro, tienen estos versos. Y hasta de cinematográficos. Fue una gran observadora: su mirada es esencial, como se aprecia en los poemas más breves.
Las "ventanas altas" me han llevado a Larkin, que también miró desde arriba.
El amor cobra aquí gran importancia. Tanta como Nueva York. Estos paseos por las avenidas y los lugares suelen serlo en compañía de sus amantes. Y con ellos dialoga entre versos. Con un deje de romanticismo entre nostálgico y melancólico: "mi mundo entero está en tus brazos: / mi sol y estrellas eres tú". "Estoy sola a pesar del amor", escribió en "Sola". Y más abajo: "a veces no estoy contenta de vivir". Y luego: "ámame, mi amor, la vida no dura" (en "Un jardín cubano"). En otro sitio reconoce: "es mi corazón el que compone mis poemas, no yo".
Uno de ellos se titula "A una canción castellana". Como ejemplo de su excelente quehacer, elegante en su tono decadente, me inclino por "Desde la torre Woolworth", que por sí solo hubiera justificado la ejemplar labor de Barrero, otro neoyorkino de pro. De su mano, tal vez el verano haya vuelto a venir otra vez.

El esloveno Brane Mozetič (1958, Ljubljana), publica en la editorial Baile del Sol su libro Esbozos inacabados de una revolución, traducido por Marjeta Drobni. No es la primera vez que se vierten sus poemas (ni sus narraciones o sus libros ilustrados para niños) al castellano (aquí o en América). En una elocuente reseña publicada en su extinto blog de El Cultural, recordaba Martín López-Vega, por ejemplo, Poemas por los sueños muertos (MaRemoto, 2004, que dirigían los poetas Aurora Luque y Jesús Aguado) y Banalidades (Visor, 2013, con prólogo de Luis Antonio de Villena).
Lo personal (traído a través de la memoria) y la historia (y no de cualquier parte de Europa: Eslovenia, la antigua Yugoslavia) confluyen en esta poesía prosaica que, sin embargo, es pura lírica. El título de la obra no llama a engaño. Y que esto es poesía civil, tampoco. En el prólogo, Matías Escalera Cordero califica al libro de "excepcional y vibrante" y alude a su "prosa poética delicada pero certera". Hay "verdad", sí, en estos versos o versículos que carecen de mayúsculas, llevados sobre todo por el tono natural pero apasionado de alguien que recuerda. Aunque "remover el pasado es un poco embarazoso". Su infancia ("yo fui un bastardo que me crié acá y allá"), por ejemplo. O los avatares de su juventud: su matrimonio, su hijo, su padre ("nunca he tenido la noción de la familia clásica"), el comunismo, la guerra... Predominan los poemas referidos a su sexualidad. A sus relaciones homosexuales, mejor. Se declara un activista gay. La crudeza del relato sobrecoge. También la sinceridad con que narra su agitada existencia donde no faltan las drogas y los problemas mentales: "desde que tengo uso de razón, escribo sobre mí, mi historia". Todo es aquí explícito.
No faltan en ese recorrido con fechas concretas referencias a la vida literaria e incluso a su poética.
"No me ha tocado vivir en paz", confiesa. Basta con leer estos intensos poemas para darse perfecta cuenta de ello.

7.2.18

La Puerta de Tannhäuser

En España, las librerías no son lo que se dice el negocio perfecto. Entre la crisis (no sólo del sector), y nuestra baja capacidad lectora, unido a nuestro inveterado déficit cultural, son muchas las que se han cerrado estos últimos años. Sí, la de librero (a secas) es una profesión de riesgo. Con todo, claro, hay excepciones. La Puerta de Tannhäuser se puede considerar un ejemplo. Por ejemplar, quiero decir.
Vivo en una pequeña ciudad de provincias, Plasencia, que pertenece a la región española con los índices más bajos de lectura. A pesar de un Plan de Fomento de la Lectura puesto en marcha en 2002, hace tres lustros. Sobre todo porque Extremadura, que así se llama, venía de un atraso secular digno de lástima. A pesar de eso, hace seis años, una pareja de jóvenes, Cristina y Álvaro, dejaron Madrid y sus respectivos trabajos y abrieron la citada librería. Librería y más, ya que en el local también se pueden tomar bebidas, frías como una cerveza o calientes como un té. No es, ni con mucho, el grueso del negocio. Digo negocio (es la tercera vez que empleo esa palabra) a sabiendas: acaban de recibir un premio del Círculo Empresarial Placentino. Y empresa es. Venden libros. No sólo en directo, digamos, cara al público, sino también a través de internet. A cualquier parte de España y del mundo.
Su situación en la localidad es buena: en una calle que lleva al Parador, un hotel de categoría enclavado en un edificio histórico muy frecuentado por extranjeros; rodeada, entre otras, de tiendas de productos delicatessen y con denominación de origen: quesos, vinos, etc.
Pero no se ocupan en exclusiva de la venta de libros. Además, los presentan. Por La Puerta pasan al año numerosos autores, editores, ilustradores... Consagrados y desconocidos. Jóvenes y mayores. Suelen recorrer un breve circuito que pasa por otras dos librerías, Intempestivos (de Segovia) y Letras Corsarias (de Salamanca), que se han unido a ella para formar “La conspiración de la pólvora”, un pequeño consorcio a favor de la literatura. Por su labor dinamizadora han recibido el acreditado Premio Nacional al Fomento de la Lectura.
Al confort y bonito diseño de la librería y al exquisito trato de los libreros (a los que se une Ana, hermana de Álvaro) se suma la importante selección de libros de sus abundantes estanterías, que no siempre proceden de las editoriales habituales o grupos mayoritarios. Editoriales pequeñas y selectas con catálogos cuidados al servicio del lector más exigente. No falta la poesía, cosa rara, y el ensayo, un género minoritario, amén del cómic y la literatura infantil.
No dejan de tomar iniciativas. Han convocado un premio de relato y siempre que pueden salen a la plaza ya sea con la excusa de la Feria del Libro o de cualquier celebración que lo merezca.
“Estamos aquí porque la gente de aquí nos apoya”, comentan. De aquí y de fuera. Se han convertido en un referente de Plasencia y de esta periférica autonomía del oeste ibérico.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número 20 la revista griega Φρέαρ/Frear.

6.2.18

Librerías

La masiva llegada de libros a casa, que se ha incrementado hasta el delirio en los últimos tiempos, ha cambiado una de mis costumbres favoritas: la de visitar librerías. Acaso un vicio. Recuerda uno las tranquilas mañanas de los sábados fatigando estanterías en la zona abuhardillada de Cervantes o en la confortable planta alta de El Quijote. Horas y horas felices de búsqueda y descubrimiento. 
Lo habitual, en alguien rutinario como yo, era llegar a Madrid y patear unas cuantas. No había visita a Salamanca sin que uno pisara, por ejemplo, Víctor Jara. O en Gijón, Paradiso. Pues eso se acabó. Hace mucho. Ayer mismo, sin ir más lejos, de paso por la ciudad del Tormes, opté por tomar un café con periódicos en el Novelty. 
Es verdad que podría limitarme a entrar y hojear (u ojear) ejemplares, pero soy débil: saldría con alguno debajo del brazo. Y aquí ya no caben más. Compro lo justo, o menos. Lo siento por mis amigos libreros. 
Para cuando se inauguró en Plasencia La Puerta de Tannhäuser uno ya se estaba quitando, o casi. No soy un buen cliente. Con todo, he dedicado a ese sitio, que es más que una librería (al menos de las de antes), un breve artículo en la revista griega Φρέαρ/Frear. Habla de ella y habla de todas. No deja de ser un modesto homenaje a esos lugares del alma. Lo publicaré pronto aquí. Antes, o eso creo, era necesaria esta triste confesión. 

3.2.18

La geografía poética de Lamillar

Con el precioso título de Extraña geografía, Juan Lamillar (Sevilla, 1957) publica un nuevo libro y no en un sitio cualquiera: en La Cruz del Sur de Pre-Textos. Todo un síntoma, según creo. Sí, porque, aunque ya estaba en el catálogo de la editorial valenciana, nunca hasta ahora había publicado en esa colección tan selecta como bonita. No sé si también me lo parece sólo a mí, pero me da que tampoco es este un libro más en la dilatada trayectoria del sevillano. No me gusta decirlo y, sin embargo, afirmaría que es uno de los mejores de cuantos ha escrito. No pretendo dar a entender que haya un cambio significativo en su poética. A estas alturas... Constato, eso sí, tras la intensa lectura, que ahonda en sus temas favoritos, en sus conocidas obsesiones y que, por tanto, da un paso adelante lo que no es poco a determinada edad. Y ya que lo menciono, que nadie se equivoque. Si bien se publica ahora, cuando Lamillar entra en los sesenta, el libro está escrito, como consta en la portada, entre 2005 y 2008, justo cuando inauguraba la cincuentena. Poco importa ese desfase de fechas. Como uno suele decir, malo si un libro pierde actualidad porque no se publique en cuanto se da por terminado. No se escriben los poemas para eso. O no todos. Para el ahora, digo; y para la moda, añado. Lamillar no es de esos, del grupo de los vates rampantes. Su tiempo es otro. Como su vida al margen, discreta, dedicada en cuerpo y alma a la poesía. Y eso se nota. En estos poemas, sin ir más lejos.
El libro (del que anticipó poemas en la antología Entretiempo) de divide en varias partes. De "Uno" a "Seis", sin más historias. Cada una agrupa a una serie de poemas relacionados entre sí. En la primera se atiende al hecho de escribir. Desde el asombro de lo cotidiano. Nada más lejos de Lamillar que el aspaviento o la impostura. Lo hace como un extranjero, título de un precioso poema que incide en esa condición, consustancial al poeta, como la de exiliado o judío.
En la segunda, el asunto es el tiempo: "Nadie pierde más vida que la que vive", dice con Marco Aurelio. "Sé que estoy vivo", precisa. Aquí adopta el soneto como medio de composición poética. No en vano. Al leerlos, a uno le resuena aún más la música de los clásicos; del Quevedo metafísico, por ejemplo. Las luces y las horas (que habrá que rescatar). La luz (del Sur: "La luz nos hace fuertes") y el tiempo. "El país del pasado".
En la tercera, la clave es la memoria. De nuevo el pasado que regresa. Ante la inevitable presencia de la muerte. Ante la herida abierta del vivir. Significativos son los poemas dedicados a los "actos sociales" y a las "fiestas de cumpleaños", donde el tono autobiográfico se subraya y también una manera de ser, melancólica, que no deja de escucharse en sordina a lo largo de este libro elegiaco. Por la edad, tan significativa.
En la cuarta, Lamillar alude al ahora. Al "aquí", que tanto me recuerda al de Larkin, más que una palabra.
En el viaje se centra la quinta, que empieza con "Volver": "Ya hemos llegado a la costumbre". La de los días laborables que vuelven después del verano. Fuera: Pérgamo, Hierápolis ("Cumplo mis años hoy: / ¿Cuántos me quedan..."), Cabo de Gata (y la "belleza áspera" de ese "confín severo", "un paisaje que inventa su memoria")... Dentro: la Casa de Pilatos. Y de nuevo el día a día: "En el mercado". Lo extraordinario que se oculta detrás de lo común.
La sexta y última parte da cuenta de otras de sus obsesiones. O, mejor, de sus temas favoritos: la fotografía, a la que dedicó ya un libro entero: Música de cámara. Y de nuevo la vista atrás, siquiera sea por aquello que dijo Alberto García-Alix (al que cita): "La fotografía es siempre pasado".

Nota: Esta reseña ha aparecido en el número 5 de la revista jerezana Cal

1.2.18

Carta de Valladolid

Gracias al programa "Por qué Leer a los Clásicos", del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España, y por iniciativa del profesor y poeta Fermín Herrero, acudí ayer a su instituto, el 'Juan de Juni', para charlar con sus alumnos de 1º de Bachillerato. Fue un rato muy agradable. Estuvieron atentos y, por eso, callados. Si tenemos en cuenta que fue a última hora de la mañana, esa buena disposición es aún más digna de elogio. 
Hacía un par de años que no iba uno a Valladolid y, desde Plasencia, el viaje es cómodo. Sobre todo si no te encuentras con la niebla, tan habitual durante el invierno en ese recorrido, desde Baños de Montemayor. Mientras esperaba a mi amigo, paseé un rato por los alrededores de la Consejería de Cultura, donde a esas horas se fallaban los premios literarios 'Fray Luis de León', patrocinados por la Junta, y que en el negociado de Poesía ganó, como estaba previsto, mi paisano Ramírez Lozano, que como le pasa con casi todos los galardones líricos de este país, ya había conseguido, al parecer, en una ocasión anterior. Luego observé el Pisuerga desde el Puente Colgante, que siempre queda bien cuando de volver a los clásicos se trata. Y que me perdonen estos, ya que los menciono, pero tal vez lo mejor del día fue el cocido que nos metimos entre pecho y espalda Fermín y yo. Extraordinario. En una casa de comidas al lado de otro puente, el Mayor, y de menú. Eso y la conversación, que con un poeta inteligente y ejemplar como Herrero siempre es un placer. No faltaron, como es lógico, los reproches a esa pseudopoesía que nos invade y a la situación catalana, por no decir algo peor, aunque lo sustancial no fue por ahí. Hubiera sido perder el tiempo. 
Todavía con sol, llegué a casa. Tan contento como cansado. Por un día me crecieron un poco los alumnos y pude salir de mi rutina. Es lo que tiene la retirada vida en la provincia. 

30.1.18

Trazos del Salón: un balance

El pasado domingo se clausuró en el placentino Centro Cultural Las Claras Trazos del Salón. Una obra abierta, exposición en la que se han podido ver excelente obra nueva (salvo en un par de casos, por fallecimiento) de Albano, Alberto Pina, Andrés Talavero, Emilio Gañán, Hilario Bravo, Javier Fernández de Molina, Jesús Alonso, José Carmona, José Carralero, Julián Gómez, Manuel Mediavilla, Manuel Vilches, Mar Solís, Marta Maldonado, Miguel Galano, Morán Sociedad Artística, Núñez Arias, Ofelia García, Pedro Gamonal, Pedro Proença, Romeral, Santiago Morato, Teruhiro Ando, Tete Alejandre y Vega Ossorio, ganadores que fueron del concurso. 
En su origen, sí, la memoria del Salón de Otoño de Pintura de Plasencia y de su secuela, el Premio Internacional de Artes Plásticas Obra Abierta. Y, claro está, la reivindicación de los fondos del mencionado certamen, en poder de la Fundación Caja de Extremadura, para esta ciudad. Para que no sigan almacenados de cualquier manera y colgados o expuestos en cualquier parte. A su amparo se tendría que crear ese centro de arte contemporáneo que algunos placentinos, con el Ayuntamiento a la cabeza, conciben. Con la debida modestia, pero con sana ambición e ineludible criterio. 
Tras la conferencia inaugural del crítico de arte y presidente de AECA Tomás Paredes (que se centró en la historia del Salón, sin olvidar la rica historia de esta noble, leal y benéfica ciudad), la de clausura, impartida por la catedrática de Historia del Arte de la UEX María del Mar Lozano Bartolozzi (que ilustró a los asistentes con ejemplos e ideas sobre los nuevos contenedores, digamos, del arte, que habrá que tener muy en cuenta), y la mesa redonda que a uno le tocó moderar en torno a lo mismo y en la que tomaron la palabra Antonio (Franco (Director del MEIAC), María Jesús Manzanares (pintora), Antonio Morán (escultor) y Amparo Moroño (gestora cultural), cabe extraer algunas conclusiones.
Para empezar, destacaría el éxito de la convocatoria. La muestra ha sido visitada y a los actos ha acudido mucha gente. Más, confieso, de la que uno pudo, a priori, imaginar. No se me escapa que una buena parte de la culpa se debe al trabajo de Santiago Antón, alma del proyecto, y de Juan Ramón Santos, corresponsable de esta iniciativa. 
De cada una de estas actividades se pueden obtener lecciones razonables. De lo ya realizado y, lo que más importa, de lo mucho que queda por hacer. Como en la imagen creada por Salvador Retana, "confiamos en abrir puertas", en feliz expresión de Antón.
Sin despreciar ninguna aportación (incluidas las de quienes intervinieron al final de la mesa redonda), pues todas han sido sustanciales, acaso lo más práctico surja de lo escuchado a Franco y a Barlozzi. La experiencia es un grado, y a ellos les sobra. Los dos coincidieron en un hecho capital: la conexión portuguesa; pequeños pero importantes centros de arte en Elvas, Évora y Castelo Branco, ciudades de La Raya parecidas a la nuestra.
Al primero le debemos un bonito gesto: el ofrecimiento de fondos del MEIAC para una segunda exposición. Podrían organizarse también actos paralelos. Para demostrar que ni en el arte ni en la literatura las cosas son ya como antes. Que una librería o una biblioteca no puede contentarse con su función primigenia: la de vender libros y prestarlos, respectivamente. Del mismo modo que un museo no debe servir tan sólo para enseñar obras allí guardadas. Ni siquiera en el caso de una muestra temporal.
Eso ha faltado, por ejemplo, en la que nos ocupa: la proyección didáctica, otra de las claves de ésa y de cualquier actividad artística que se precie. No digamos de un centro de arte.
Me gustaría destacar también unas palabras del citado Santiago Antón, leídas en la conferencia de clausura: "Para que ese proyecto sea realizable, nos gustaría que quienes tienen la responsabilidad de gestionar los fondos artísticos del Salón de Otoño de Pintura y de Obra Abierta, no mantuvieran un tono imperturbable e impasible ante el asunto que nos ocupa y atendieran la petición de llegar a un acuerdo con las instituciones públicas. Un acuerdo por el que el Ayuntamiento de Plasencia ya ha manifestado su interés (estas jornadas son una buena muestra) y ha propuesto, nos consta, una mesa para el diálogo. Falta que la otra parte, la propietaria de la colección, la Fundación Bancaria Caja de Extremadura, vinculada a Liberbank, acepte la discusión del proyecto propuesto". Es evidente que si siguen dando la callada por respuesta (un silencio que roza, no me cabe duda, la mala educación), la empresa será aún más complicada. No son imprescindibles esos fondos, pero sí son deseables. Lo otro sería empezar desde la nada.
A esta situación se ha referido hace poco el viajero Alonso de la Torre, de paso por Plasencia, en su artículo "Cajas de Cáceres y Badajoz", porque no todo es visitar restaurantes y comer. Y porque está, como nosotros, contra el "arte de almacén".
Lo importante ahora, piensa uno, es sumar voluntades. La artista María Jesús Manzanares, pongo por caso, ya está en ello. La sociedad civil placentina (y la política), por encima de los platovi (por parafrasear al citado periodista cacereño: los placentinos-de-toda-la-vida), la más cosmopolita y menos alicorta y patriotera, debe hacer suyo este proyecto. Y, en consecuencia, defenderlo. No sólo en teoría, por supuesto. En esta ciudad monumental, edificios hay. Mientras, el alcalde tendrá que obtener alguna respuesta de la silenciosa Fundación que posee esos fondos. Al menos de los paisanos que están sentados allí. No está solo.
Continuará. 

22.1.18

La poesía de Antonio Cáceres

Antonio Cáceres (Madrid, 1960) es sin duda un poeta secreto. Los hay, excelentes, que lo son a pesar de haber publicado varios o incluso muchos libros y otros, como él, que sólo es autor de tres, lo que acentúa esa condición. Ni siquiera he logrado un retrato suyo en Internet cuando buscaba una ilustración para esta nota. 
Tras Vuelta de hoja (que ganó el premio Esquío), de 1992, y Lagar de San Antonio (que publicó en La Veleta, y no es casualidad, Trapiello), llega Tono menor. Aparece, y tampoco por accidente, en la colección de poesía que dirige José Mateos para Libros Canto y Cuento, patrocinada por la empresa DKW.
Se podría decir que lleva uno toda la vida detrás de la poesía de este autor y que sólo ahora, a la tercera, ha ido la vencida. Y no me ha defraudado. Al revés. Si hay algo en este libro es verdad, desde el título. Un verso dice: "una música antigua que es humilde". Podría resumir su poética. La propia de una poesía en sordina. De línea clara: Cuando el poema se oscurece / pomposamente, o sobran las palabras, / me recuerdan la máxima de claridad, limpieza. Donde la naturaleza civilizada -la del jardín de una casa de campo, por ejemplo- se puebla de flores, árboles y pájaros. Nada nuevo, sin duda, pero en poesía la novedad cuenta poco. Basta con ver algunas moderneces. Y digo ver, porque leer...
La melancolía tiñe estos poemas y no en vano uno se titula "Al cumplir cincuenta y tantos". Con todo, no es la tristeza lo que predomina, sino la celebración mesurada de la existencia, esa horaciana aurea mediocritas, el tópico de la "dorada medianía" que tan bien se inserta en el clasicismo de esto versos.
Sin ser Stevens, se pregunta no pocas veces el poeta por la poesía, uno de sus temas fundamentales. En "Primeros poemas", por ejemplo.
Hay también mucho de memoria. De recuerdos: "Ahora, como entonces", "Una casa a beira do mar", "La galería", "Del laurel de Trujillo", "Volver"...
Lo autobiográfico, digamos, está en el origen de estos versos. En "Despecho del tiempo", pongo por caso, un "autorretrato". Uno, el otro, el mismo.
Me ha gustado mucho el poema "En el Café Calisaya". O "Escondite en el reino". Y los de la segunda parte, muy breves, a los que se unen otros de la primera tan escuetos y certeros como esos. Uno dedicado a Gaya, otro al levante. Entre ellos, un par de canciones (de invierno y de agosto) que nos devuelven el gusto por lo popular y genuino.
Vaya como muestra del quehacer de Cáceres este soneto.

AL CUMPLIR CINCUENTA Y TANTOS

Sin darme cuenta, llega este cansancio
que no produce angustia. Estoy tranquilo
frente al fracaso más profundo y mío
que, si no es dulce, no es tampoco amargo. 

Ya no protesta el corazón cansado,
pero sigue doliendo su latido.
Constante su ebriedad, fiel a sí mismo,
aunque sin esperanza ni cuidado.

Pasa en vano la edad, los sueños ceden
a su visión que no refleja el mundo.
Y ahora sé que es justo que así sea. 

Y sé que esto es la vida: un brillo breve,
luz de un paisaje que se vuelve oscuro.
Que mis años se pierdan en la niebla.

20.1.18

Premios

PREMIO DE POESÍA "GABRIEL Y GALÁN"

La Casa-Museo "Gabriel y Galán" de Guijo de Granadilla (Cáceres) convoca el XXXIII Certamen regido por las siguientes bases:

1º Podrán optar al PREMIO DE POESÍA "GABRIEL Y GALÁN" todos los poetas de habla española que lo deseen, con originales inéditos escritos en Lengua Castellana o Dialecto Extremeño.

2º Los premios se distribuirán del siguiente modo: Primer Premio dotado con 600 € y Segundo Premio con 450 €.

3º Las composiciones serán de tema libre, EXTENSIÓN MÁXIMA DE CIENTO CINCUENTA VERSOS.

4º No podrán participar en el Certamen los poetas que hubieran obtenido el PRIMER PREMIO hasta que hayan transcurrido CINCO CONVOCATORIAS.

5º Los originales deben presentarse escritos a MÁQUINA/ORDENADOR, DOBLE ESPACIO Y POR CUADRUPLICADO. Se enviarán a la siguiente dirección:

CASA-MUSEO "GABRIEL Y GALÁN"
Plaza de España, 11. Tlf. 927439082 Fax 927439356
10665 GUIJO DE GRANADILLA (Cáceres). España.

6º El plazo de admisión de trabajos finalizará el día 20 de abril de 2018.

7º Cada autor podrá presentar un SOLO TRABAJO y no serán devueltos los que se reciban ni se mantendrá correspondencia sobre ellos.

8º Se utilizará, preceptivamente el sistema de "LEMA" y "PLICA".

Serán eliminados los poemas que permitan de alguna forma la identificación del autor.

9º El fallo del jurado será inapelable y se dará a conocer el segundo domingo de mayo en Guijo de Granadilla, con motivo de la Fiesta de Exaltación de la Poesía.

10º La Casa-Museo se reserva el derecho a la publicación de los trabajos presentados.

11º Cualquier duda en la interpretación de estas BASES será resuelta por el Jurado de forma inapelable.

12º El hecho de concurrir a este Premio supone la aceptación de estas Bases.

Guijo de Granadilla 16 de enero de 2018
CASA-MUSEO "GABRIEL Y GALÁN"


1. El IES ”Gabriel y Galán” de Plasencia, en colaboración con el Excmo. Ayuntamiento de dicha ciudad, convoca el XL Concurso Literario “Gerardo Rovira” para alumnos de Enseñanza Secundaria.

2. Las obras podrán ser presentadas en prosa o en verso, de tema libremente escogido.

a. Los textos en prosa no excederán los cuatro folios escritos por una cara en letra Arial 12, con una extensión máxima de 30 líneas por página.

b. Los textos de poesía no excederán los cien versos, escritos en las mismas condiciones que las recogidas para la prosa.

3. Los originales deberán ser presentados por triplicado, sin firmar y bajo seudónimo o lema. En sobre cerrado identificado con el lema y adjunto a los originales, constarán los datos personales del autor: nombre, edad, teléfono, email y centro educativo al que pertenece el concursante. También podrán presentarse mediante un archivo en formato PDF. El archivo tendrá por nombre el de la obra con la que se concursa y en él no aparecerá referencia alguna que sirva para identificar al autor. Si dicha obra resultase ganadora, se contestará a su correo de procedencia, informando de ello y solicitando los datos del autor, a saber: nombre, curso y centro educativo al que pertenece.

4. La cuantía de los premios será: PROSA, 150€ / VERSO, 150€. Si cualquiera de las dos modalidades se declarase desierta, su dotación se añadiría a la otra.

5. Los premios podrán ser declarados desiertos a petición del jurado.

6. El plazo de presentación de los trabajos finalizará el 31 de marzo de 2018 y serán entregados en la Secretaría del IES “Gabriel y Galán” en mano o por correo a la siguiente dirección:

IES “Gabriel y Galán”
Avda. Cañada Real, 1
10600 - Plasencia (Cáceres)

Caso de optar por el formato digital, la obra se enviará a “aventurasextraescolares@gmail.com”, desde una dirección de correo electrónico anónima, indicando en el asunto “Gerardo Rovira, poesía/prosa”. Para cualquier consulta, pueden dirigirse al teléfono del centro -927 01 77 88- o bien al email citado más arriba, indicando solo el motivo de la consulta y siempre de una forma anónima.

7. El fallo y entrega de premios se harán públicos en el mes de abril en un acto oficial del Instituto. El jurado lo compondrán profesores del Departamento de Lengua Castellana y Literatura de este centro, siendo Javier Negrete su presidente.

8. Todos los trabajos quedarán a disposición del IES “Gabriel y Galán”, que se reservará el derecho de publicar los que resulten premiados.

9. La participación en este concurso implica la aceptación de las bases del mismo.

Plasencia, Diciembre de 2017.

19.1.18

Melero, académico

El pasado 20 de diciembre de 2017, el bibliófilo José Luis Melero ingresó en la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza. El acto fue todo lo solemne que cabe al caso y el ilustre zaragozano aparece en las fotografías con el elegante atuendo y la cara de circunstancias que se esperan en un acontecimiento de esa categoría. Pero no es Melero, o eso intuye uno, que lo conoce de leídas, el hombre serio y circunspecto que vemos en esas imágenes y para demostrarlo basta con leer su discurso Una aproximación a la bibliofilia: los libros, la vida y la literatura. Lo que allí relata, porque este hombre es ante todo un gran conversador y el tono de su literatura conversacional; lo que allí relata, decía, está, en lo fundamental, recogido en sus libros, esas delicias del rigor y del saber que algunos hemos tenido la fortuna de degustar. Lo que pasa es que aquí, obligado por el género, lo cuenta de otra manera. Mil veces podríamos escucharlo sin cansarnos. Porque son anécdotas tan sustanciosas como divertidas y porque están espléndidamente escritas, con una pasión inteligente y contagiosa. A la erudición sobre los libros se le sobrepone la gracia de la literatura, la que sólo aflora en quienes, además de amarlos por su condición de objetos, que es la pulsión que predomina en quienes los coleccionan, extraen de su lectura las armas necesarias para expresar sus sentimientos y sus pensamientos. 
Está claro que para Melero vida y literatura son lo mismo y que el enlace entre ambas está en los libros. También que conoce muy bien a quienes los atesoran; gente, por lo demás, de variada condición, del personaje más atrabiliario al más ejemplar. De sus manías, sus tipos y sus actitudes habla Melero. Y de sus viudas. Y de sus sosias, los libreros ("Sin libreros no hay bibliófilos"). Y de bibliotecas y rarezas, tanto de ejemplares como de personas entregadas a esa "perversión mayoritariamente masculina". ¡Qué tropa!
El volumen, exquisita y clásicamente editado, incluye el discurso de contestación de Ramón Acín y el institucional del Presidente de la Real Academia, Domingo Buesa, que son, más allá del elogio, también dos excelentes disertaciones en defensa de la lectura y de los libros. 
En el último número de la revista Clarín se adelantan las respuestas de Melero al famoso Cuestionario Proust (que formarán parte del libro Cuestionarios Proust y Bolaño, de Ricardo Álamo). Allí cuenta que su mayor extravagancia (lo relata en su discurso) fue "decirle que no a Vargas Llosa cuando me pidió que le regalara la primera edición de su primer libro, que él entonces no conservaba y que yo le llevaba para que me la firmara". O que "Como lector enfermizo, lo que más me horroriza es pensar que un día no pueda ver para leer". Y concluye: "La vida sin libros no tendría sentido". 

Oliver Duch/El Heraldo


Trazos del Salón. Una obra abierta


Esta tarde, a las ocho, en Las Claras, tendrá lugar la mesa redonda ‘Un centro de arte contemporáneo en la periferia’. Allí estarán Antonio Franco, director del MEIAC; Amparo Moroño, gestora cultural; María Jesús Manzanares, artista y profesora; y Antonio Morán, escultor. A uno le tocará moderar. 
Son emocionantes estos primeros pasos de un proyecto que, acabe donde acabe, esta ciudad merece. Por lo conversado ayer en torno a unos tés y unos cafés, la cosa promete. 
El vídeo, por cierto, es obra del mayor impulsor del asunto, su alma (desde aquí oigo las risas): Santiago Antón. 

17.1.18

El discursino de San Fulgencio

Me quiso el azar placentino y nunca me he quejado de esa suerte, aunque, como en toda relación amorosa, la mía con mi ciudad natal haya tenido altibajos y más de una vez recurriera uno al clásico latino para entonar el “odi et amo”. 
“A mí me parece humana por demás la sensación tranquila de lo propio y familiar, que a nadie hace daño, que no se empina políticamente contra nadie, y que, combinada con la conciencia de la pérdida, ha dado en tantas partes del mundo excelente literatura”, dijo aquí atrás Fernando Aramburu, que tanto sabe de patrias. Y un “país posible”, un angosto refugio amurallado, mi precario cuarto del siroco, ha sido Plasencia para mí gracias a la poesía –ese consuelo–, desde el punto y hora en que concebí la idea de hacer “de este lugar un territorio”. Aspiré, con voz propia, a crear un mundo de palabras y su correlato objetivo (la “adecuación completa de lo externo a la emoción”, según Eliot) se llama Plasencia. O, mejor, Plasencias, como el título del libro que dediqué a las ciudades, que a mi modo de ver, encierra. En mis versos está el laberíntico trazado urbano que la caracteriza, con su bella monumentalidad, y el no menos hermoso paisaje natural de los valles y comarcas que la circundan, donde no falta el Jerte; “el río de mi aldea”, que diría Pessoa. 
¿Hay que partir? ¿Quedarse? Si puedes, quédate; parte si es necesario, escribió Baudelaire. Uno resistió, no sé con qué consecuencias. 
Ese reducto provincial (incluido por el pintor Gutiérrez-Solana en La España negra, áspero fresco del Novecientos), hecho sobre todo de memoria, aparece también en mis novelas, por más que uno haya pretendido –mera cuestión de carácter– ser poeta. 
Y en mis artículos, cabe añadir, no pocos centrados en mi periférica condición de “placentín”, bonito gentilicio que aún recoge el diccionario de la Española. 
Quise ir de lo local a lo universal, que siempre me ha parecido la senda más fiable hacia lo genuino. Para no ser un cosmopolita impostado. Convencido de que “una ciudad es todas las ciudades”. 
En ese viaje (con escalas en Gijón o Tánger), metáfora perfecta de la vida, me han acompañado los libros, la lectura, el trabajo complejo y gustoso que más y mejor me ha permitido “recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos”. 
Viaje en el que este solitario empedernido nunca se ha sentido solo. Ahí estaban los maestros, clásicos vivos casi siempre muertos. O no, por suerte. En mi caso, desde muy pronto, tuve a mano el ejemplo y la amistad de Gonzalo Hidalgo Bayal. “Tal vez no haya habido ni hay ni acaso habrá un escritor más importante vinculado a esta ciudad donde no nació”, dije acerca de él. Contra el “nihil admirari” horaciano, como Javier Cercas, “no tengo ninguna duda de que sin admirar a los buenos no hay forma de emularlos”. La obra bayaliana es indeleble y Murania otro nombre perdurable de este viejo rincón del fin de Europa. 
Mencioné la palabra maestro y no puedo evitar hacer alusión, en otro sentido, a mi oficio, quizá la mejor manera que tiene un ciudadano de contribuir al “esplendor” de su pueblo. Desde la instrucción pública, donde se aúnan, en nuestra mejor tradición pedagógica institucionista, la educación y la cultura. Desde mi plaza en el colegio “Alfonso VIII”, al pie –por ahora– de la muralla, en colaboración con mis competentes compañeros y en compañía de mis sucesivos alumnos.
Agradezco este premio al Excelentísimo Ayuntamiento que lo concede y, en particular, a quien lo inspira, el alcalde Fernando Pizarro, que, desde el principio, acertó a poner entre sus prioridades la Cultura; alguien que, en lo personal, en momentos sombríos, fue capaz de expresarme por carta lo que ningún otro político se atrevió a esclarecer. No lo olvido. En el próximo proyecto de esta ciudad –un centro de arte que rescate, cuando menos, los fondos del Salón de Otoño–, volveremos a bregar juntos. 
Felicito también al resto de premiados. Recuerdo con afecto a Juan Ramón Ferreira. Con Miriam Cobos compartí galardón, el de “Extremeño de HOY”, el año en que murió mi padre, el 2000, una curiosa coincidencia que ahora se repite.
Doy las gracias, en fin, por estar ahí –aquí–, a Yolanda, Leticia y Alberto. A mi madre y mis hermanos. Al resto de mi familia. A mis amigos. A mis estimados lectores y, cómo no, a todos ustedes.

Nota. La imagen está tomada del Instagram del alcalde Pizarro, a través de su muro de Facebook.

16.1.18

Eliot total en EC

T. S. Eliot.
Traductor José Luis Rey
Visor. Madrid, 2017. 1145 páginas. 

Desde que publicó La tierra baldía en 1922, annus mirabilis (el del Ulise Trilce) los lectores y la crítica reconocen a Thomas Stearns Eliot (1888-1965) como padre fundador de la poesía moderna. Había nacido estadounidense en Saint Louis, Missouri, en una familia acomodada. Tras pasar por las aulas de Harvard, viajó como dandy a París (para entonces ya había descubierto a los simbolistas gracias a la antología de Symons, en especial a Laforgue y su vers libre, del que se confesó “enganchado”) y Reino Unido, donde llegó en 1914 y residió el resto de su vida. Se nacionalizó británico en 1927. Se definió como “clásico en literatura, conservador en política y anglocatólico en religión”. En 1948 le concedieron el Nobel y su fama quedó consolidada. No sólo por su faceta de escritor, sino también por la de crítico, uno de los más influyentes y brillantes del siglo XX, y la de editor, en Faber & Faber, después de abandonar Lloyd’s Bank. Precisamente en esta editorial londinense se publica en 2015 The Poems of T. S. Eliot, donde sus editores, Christopher Ricks y Jim McCue, fijan el canon definitivo de la poesía eliotiana.
En España se hizo con los derechos Visor, que puso en manos de José Luis Rey la traducción de tan magna empresa. Ya antes se había enfrentado, también para la casa madrileña, con la poesía de Dickinson (tarea que dedicó, como esta, a su madre “que me enseñó inglés cuando era niño”). Continúa una larga lista de poetas traductores de Eliot que incluye a León Felipe (su versión de Los hombres huecos es de 1931, el año siguiente al de la primera edición española de La tierra baldía, de Ángel Flores), Muñoz Rojas (que lo trató en Londres), Vicente Gaos (de 1951 es la primera edición de sus Cuatro cuartetos), Agustí Bartra, Gil de Biedma (que vertió sus ensayos), Claudio Rodríguez (cuyas versiones permanecen inéditas), José María Valverde (que publicó a finales de los setenta en Alianza Poesías reunidas), José Emilio Pacheco (del que rescata, la misma editorial, su edición de Four Quartets), Esteban Pujals, Juan Malpartida, Jordi Doce, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla… Aun no siendo poeta, es justo destacar las traducciones de Andreu Jaume.
El volumen bilingüe está estructurado de la siguiente manera: al breve pero elocuente prólogo de Rey, le siguen los libros y otros poemas en orden cronológico. Prufrock y otras observaciones (1917), Poemas (1920), La tierra baldía (1922), Los hombres huecos (1925), Miércoles de ceniza (1930), Poemas de Ariel, Poemas inacabados, Coriolano (1931), Poemas menores, Coros de ‘La Roca’, Cuatro cuartetos, Versos de ocasión y Poemas sueltos. Se incluye La tierra baldía: reconstrucción editorial, esto es, una versión del libro anterior a la poda que hizo en el original el poeta Ezra Pound.
Si importante es el corpus poético de Eliot (que los lectores españoles conocíamos sólo en parte), no le anda a la zaga, en lo que a esta ejemplar edición respecta, los Comentarios que le acompañan. Ocupan 433 páginas y recogen las apreciaciones del poeta sobre su obra tomadas de diversos libros, textos, artículos, testimonios, entrevistas y correspondencia. Es un festín, entre exhaustivo y abrumador, para los lectores, que encontrarán allí miles de claves acerca de sus versos, los de un poeta sin duda complejo, y otras tantas lecciones acerca de la poesía que muestran a las claras su perspicacia crítica. Y su absoluta modernidad, cabe añadir, pues que al tiempo que escribe sus poemas es capaz de reflexionar con lucidez sobre su labor.
De su ópera prima, Prufrock (como él la llamaba), tras una paciente espera de años y el incondicional apoyo de su “defensor”, el citado Pound (al que conoce en 1914), se vendieron 357 ejemplares. Vino después Poemas y, por fin, el libro que acaso mejor le describe y por el que, ya se dijo, consiguió un lugar principal en el parnaso. Las interpretaciones sobre ese permanentemente novedoso poema no han dejado de crecer. “Para mí supuso solo el alivio de una personal y totalmente insignificante queja contra la vida; no es más que un trozo de rítmico lamento”, atajó Eliot. Cualquier lector en lo primero que se fija cuando tiene en sus manos una nueva edición es en cómo se traduce el primer verso. Para Rey: “El mes más cruel es abril”.
De la importancia que tuvo Pound en la versión definitiva (que aquí se puede contrastar) ya se ha hablado bastante, así como de la pertinencia o no de las “Notas” que incluye. El asombro, sin embargo, no cesa. Su poética puede resumirse en esta frase: “Si uno quiere decir algo que no haya dicho antes, uno ha de encontrar una nueva manera de decirlo”. Y eso hizo. Consiguiendo, como quería, que un poema extenso sea “tan interesante como una historia detectivesca”. En aquel tiempo, ya había aprendido las reglas para poder romperlas, no buscaba la novedad ni intentaba hacer algo que ya se había hecho.
Eliot tuvo dos almas poéticas claramente representadas por sus dos libros más significativos: La tierra baldía y Cuatro cuartetos. No fue, así, el autor de un mismo libro. Si en el primero prima la experimentación y la búsqueda, en el segundo, según Malpartida y Doce, se expresa “el poeta del renacimiento cristiano”, más conservador, espiritual y meditativo.
En la poesía española contemporánea, los partidarios de uno u otro forman, digamos, dos frentes que no dejan de representar dos maneras distintas de concebir el hecho poético.
Aun reconociendo la absoluta maestría de estas obras, la elegancia eliotiana (que Rey consigue transmitir en castellano) está también en sus poemas menores (“Paisajes”), en sus versos de ocasión  (“Dedicatoria a mi mujer”) y en los sueltos (con poemas eróticos dignos de un puritano).
“No es un libro para cualquiera ni es un libro para leer, sino para hundirse y resucitar en él”, dijo Azúa de los cuartetos, algo que se me antoja extrapolable a este volumen, su “mundo completo”, un hito en la incesante recepción de la obra de Mr. Eliot en España.

Nota: Esta reseña del primer volumen de las poesías completas de Eliot se publicó en El Cultural el pasado viernes, 16 de enero.