20.10.17

Tres antologías

No dejan de publicarse antologías. De la obra de un determinado autor o, como éstas, de poetas jóvenes (o no) y periféricos que uno considera centrales para intentar comprender el rico, variado panorama de la poesía española actual.
13. Antoloxía da Poesía Galega próxima, de María Xesús Nogueira, publicada al alimón y de manera exquisita, en edición bilingüe, por la compostelana Chan de Pólvora y la madrileña papelesmínimos, reúne poemas de trece jóvenes poetas, de ahí el título, nacidos entre 1982 y 1996. Seis son mujeres. De entre los elegidos, destacaría a Berta Dávila y a Gonzalo Hermo, ambos consiguieron en su día el Premio de la Crítica y el segundo el Nacional de Poesía Joven 'Miguel Hernández' por Celebración. El prólogo de Nogueira es ejemplar. Allí explica que estos poetas llegan a la vida cuando en Galicia, años 80, surgen hechos tan sustanciales como la aprobación del Estatuto de Autonomía, el Decreto de Bilingüismo o la Ley de Normalización Lingüística. Entre los criterios de la muestra, además del de la edad, haber publicado al menos un libro (desde 2005) y que los versos de cada uno tengan la debida calidad (por la capacidad de crear "universos poéticos propios y coherentes"). Lo objetivo y lo subjetivo.
Destaca que no hay trazos grupales ni generacionales, que todos tienen estudios universitarios (otra constante de la joven poesía española), que son nativos digitales (el uso de las tecnologías es un asunto insoslayable, sobre todo en lo referente a la difusión de estas obras), que tienen mucha cercanía a la música, etc. Analiza en su minucioso limiar todo lo referente a los premios, las revistas (Dorna, Expresión Poética Galega, por ejemplo), los blogs y el modesto, pero efectivo, mundo editorial gallego
No se trataba, aclara la antóloga, de ofrecer una "panorámica, sino una "muestra de voces representativas". La diversidad. La versión en dos lenguas le aporta una riqueza que no quiero desdeñar.

Mucho por venir. Muestra consultada de poesía asturiana (2008-2017) es un curioso florilegio, publicado por MaremágnuM Ediciones, del que no es responsable una sola persona, como suele ocurrir, sino un puñado de críticos y lectores, diez en concreto, a los que se preguntó por el nombre de sus jóvenes poetas asturianos preferidos. Con estos requisitos: la selección tenía que ser de poetas arraigados en Asturias y nacidos después de 1985. Se recomendaba también que dichos poetas tuviesen al menos un libro publicado o que sus poemas hubieran aparecido en revistas o suplementos de difusión nacional.
De esa encuesta ha salido esta variada selección: Alba González Sanz, Laura Casielles, Cristian David López, Rodrigo Olay, Diego Álvarez Miguel, Sara A. Palicio, Miguel Floriano, Mario Vega, Xaime Martínez, Candela de las Heras y Rocío Acebal. Como en la antología anterior, la presencia femenina es notable. O significativa, cuando menos. Cinco de once. Ya era hora. 
Ya que fui consultado, me agrada comprobar que de los diez nombres elegidos, entre los diecisiete preseleccionados, sólo uno no está en la lista definitiva. Eso sí, de algunos de los libros de estos autores se ha hablado en este rincón y algunos estaban incluidos en la antología Siete mundos, de Carlos Iglesias Díez y Pablo Núñez. No soy especialista en poesía asturiana, pero no cabe duda que los poetas norteños, nada nuevo, están entre los mejores de este país llamado (todavía) España. 
Como bien dice en el prólogo-entrevista José Luis García Martín (una persona fundamental si de la poesía del Principado se trata, incansable animador de iniciativas líricas), "Las antologías consultadas —si se elige bien a quien se consulta— presentan una mayor garantía de objetividad, no dependen solo del criterio de una persona". Ojalá sea el caso. Por lo leído, eso parece. 
Destaca el crítico la "pérdida de provincialismo" de esta nueva poesía. "El centro puede estar ahora en cualquier parte", matiza. Luego declara que "Entre los veinte y los treinta años, hay muchos poetas por los que apostar, un pelotón de promesas. A partir de los cuarenta, ya van quedando menos. La mayoría se dedican a otra cosa o, lo que es peor, a ganar premios" y que en la muestra "podemos encontrar algunas muestras de realismo, ecos del surrealismo, ejercicios de culturalismo, abundante poesía elegíaca, el omnipresente simbolismo". Con la causticidad que le caracteriza concluye: "Los poetas jóvenes tienen una próxima fecha de caducidad, en seguida son sustituidos por otros. Solo unos pocos siguen siendo poetas después de ser jóvenes; la mayoría dejan de serlo, aunque sigan publicando libros de poemas". 

El peligro y el sueño. La escuela poética de Albacete (2000-2016)está publicada por Celya y su editor es el poeta albaceteño Andrés García Cerdán. Aquí la restricción es mayor: no una región o comunidad autónoma, sino una provincia. Con todo, en las cuatrocientas páginas del volumen encontramos lo único que importa, venga de donde venga (no nos vamos a poner ahora, con la que está cayendo, nacionalistas): poesía. Los reunidos son veintiocho poetas, de los cuales sólo seis son mujeres. Tampoco se circunscribe la muestra a la poesía joven, con haberla. Si bien faltan muchas fechas de nacimiento (un gesto de coquetería), el poeta mayor nació en 1959 y el más joven en el 92.
La antología lleva un curioso frontispicio de Antonio Gamoneda, realizado con fragmentos de los poemas de los distintos autores, y un epílogo múltiple que firman los poetas, críticos y editores Antonio Lucas, Carmelo Guillén, Luis Bagué Quílez, Pablo García Casado, Carlos Alcorta, Dionisia García, Javier Lorenzo y Javier Sánchez Menéndez.
Los poetas son, entre otros: Arturo Tendero (el de La siesta del lobo), Rubén Martín Díaz (ganador de los premios Adonais y Ojo Crítico de RNE), Constantino Molina (Premio Nacional de Poesía Joven), Antonio Rodríguez, León Molina (aforista y antólogo de aforismos), Juan Carlos Gea (gijonés de residencia, director del Semanal de Cultura de La Voz de Asturias) y Ángel Antonio Herrera (más conocido en su faceta de periodista). Y el seleccionador, Andrés García Cerdán, que acaba de publicar  Puntos de No Retorno, un libro sólido y solvente que mereció el Premio San Juan de la Cruz de Fontiveros. Tiene razón cuando afirma, en su encendido y pormenorizado prólogo, que a principios del siglo XXI se ha dado en Albacete una suerte de eclosión poética intergeneracional. Digna de estudio y, ante todo, de lectura, añade uno. Desde la periferia, sí, y desde la independencia. Al amor de empeños como Barcarola, una isla de modernidad en ese llano en llamas. O en hielo, si del invierno hablamos. Esto es una prueba de que tan mal no han resultado las cosas en esta España de las Autonomías. Muchas regiones alcanzaron su redención cultural gracias a eso; tan criticado, sin demasiada razón, ahora. 

19.10.17

Con Zagajewski en Salamanca

Este año celebraré en Salamanca el cumpleaños de mi hijo Alberto asistiendo a la lectura de Adam Zagajewski que ha organizado la Universidad pública de la ciudad castellana (sesión inaugural del máster de Creación Literaria) el 26 de octubre, a las seis de la tarde, en el Aula Magna de la Facultad de Filología, sita en el Palacio de Anaya.
Luis Arturo Guichard, coordinador de esa maestría, ha tenido a bien invitarme a leer un par de poemas del Premio Princesa de Asturias. Acompañaré a Antonio Colinas, Fernando Díaz San Miguel, Catalina García García-Herreros, Cristián Gómez Olivares, Mariángeles Pérez López y al propio Guichard.
Para la ocasión, el poeta polaco ha seleccionado dieciséis poemas, reunidos en un elegante cuadernillo que se repartirá a los asistentes al acto. La traducción de esos versos corre a cargo del gran Xavier Farré, cómplice necesario de este encuentro, como el Instituto Polaco de Cultura. Los últimos pertenecen a su libro Asimetría, que acaba de editar Acantilado, y del que El Cultural publicará una extensa reseña (que le ha caído a uno en suerte) mañana viernes, coincidiendo con la entrega del mencionado premio.
En esta ocasión, Alberto no podrá acompañarme, está demasiado lejos, aunque sí estuvo a mi lado en la lectura poética de la Fundación BBVA que conmemoró el 20 aniversario de la revista Sibila y donde, además de escucharle recitar, tuvimos la fortuna de compartir, junto a otros amigos, una animada conversación.


17.10.17

Anadón y Piquero

Pablo Anadón
Pre-Textos, Valencia, 2017. 98 páginas. 

El poeta, profesor, ensayista y traductor argentino Pablo Anadón (Villa Dolores, Córdoba, 1963), autor, entre otros, de Lo que trae y lleva el marLa mesa de café y otros poemasEl trabajo de las horas y Estudios de la luz, así como de antologías y estudios sobre la poesía de su país, escribía a propósito de la lírica de Rodolfo Godino: “la modulación de los textos es llana, conversacional incluso, sin perder su distintivo carácter enigmático”. Hablaba después de “depuración y estilización”, de confidencias y secretos. Podría aplicarse a su propia obra. También él ha sido capaz de “tomarse el pulso a sí mismo”, por seguir a López Velarde. Sistema poético en consonancia con el crítico. A pesar de que el uso de la rima y el rigor métrico (que da en espléndidos sonetos entre clásicos y borgeanos) pueda parecer anacrónico. Para contrarrestar esa impresión está el encabalgamiento. O la escéptica ironía. Y la intención, moderna a carta cabal.
“Siempre escribo a partir de mí”, confiesa Anadón, quien podría decir, con Fernández Moreno, “no me repito, me aumento”. En torno a la cincuentena, hace balance. Los recuerdos: “Recorres lentamente tu pasado / Como el dedo la herida”. “Lo que es, lo que no ha sido, lo que fue”. Aunque “La vida siempre sigue, y no hay regreso”. “Tiene raras reliquias la memoria”. “Y crece a nuestra espalda lo perdido”.
A lo largo del libro, además del poeta (que se autodenomina el “dividido”, el “sobreviviente”), sus hijos, sus padres y la mujer que ama (y a la que ya no), la casa familiar (donde se guarda “la luz dormida de la infancia”) y el paisaje, el miedo, las lecturas y la soledad, encontramos un asunto central: la culpa: “No es el tiempo que pesa, sólo pesa / El dolor que causamos en la vida”. “Hizo sufrir. No halla perdón. / Olvido busca: no sentir, no ser”.
Con todo, sobre el recuento de “culpas, logros y derrotas”, prevalece el “raro privilegio de existir”: “Ha amado, ha sido amado y a otras vidas / Ha dado vida. No hay lamento”.
“El poema tiene un poco / De oficio, pero mucho de problema / Matemático”. Por eso desea “Que otros sigan haciendo divertidos/ Malabarismos con la poesía”. “Jugando al juego de olvidar la vida. / Yo no puedo”. Eso que ganamos todos. Con versos luminosos por su claridad y profundos por su sencillez.

José Luis Piquero
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017. 94 páginas. 

Piquero (Mieres, 1967) suma este libro a Autopsia (su poesía reunida), El fin de semana perdido y la antología Cincuenta poemas. En la “Nota final” explica que está escrito de “un tirón de ocho años”. Si bien se trata de “un discurso continuo”, se divide en partes: “Merma”, o la “rendición” y el “despojamiento”; “La visita”, o el “desamor”; “Quemaduras”, o el desgarro y la muerte; y “Nolugar”, o la inquietud y el miedo. Sigue fiel al “uso de máscaras y escenario”. En efecto, estamos ante una poesía de la ficción, sin que por ello el autor y su vida no queden reflejados en ella. Se trata, advierte, de manipular la escena y los personajes. Así, el vidente, el insomne, el héroe, el abducido, el inmortal...
A esto cabe añadir, de una parte, el lenguaje coloquial y el tono narrativo. De otra, la ironía (con visos de humor y sarcasmo) y la desolación existencial; una rebeldía que no elude cierta agresividad. Más que “realismo sucio”, veraz malditismo; no como el impostado de tantos. Su estilo es cortante, inmediato, directo.
Con preguntas y respuestas: “¿En qué me he convertido?”. “Ya sé quién soy ahora: el que ha olvidado / su secreto: el fervor”.
Hay algo de fantasmal y misterioso en el movedizo personaje central de un libro que juega con la realidad sin prescindir de la imaginación. En busca de la identidad. De la encontrada o de la perdida. Porque “Ser irreal también es un estado”. “Lo único cierto en mí es que soy mentira”, leemos. O: “He desaparecido de mí mismo”. Y: “ahora soy un extraño, un eremita. / Alguien que está viviendo en mi lugar”.
“Un hombre necesita una tarea, / como contar su historia”. Es lo que hace aquí Piquero. O cualquiera de los seres que le habitan.

Nota: Las reseñas de los libros de Anadón y Piquero se publicaron el pasado viernes, 13 de octubre, en El Cultural.

15.10.17

Dos raros: Llera y Mateos

En el mejor sentido de la palabra. Lo son como poetas, con poéticas muy distintas entre sí, y como diaristas, si ése es el término que les corresponde, algo que pongo desde el principio en duda.

Cuidados paliativos, de José Antonio Llera (Badajoz, 1971), autor de los libros de poemas Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007), El síndrome de Diógenes (2009) y Transportes de animales vivos (2013), así como de otros de ensayo sobre el humorismo español, Camba, Lorca o Cernuda, no es un diario más. Ni al uso, ahora que la moda impera. Publicado por pepitas ed. (donde publica los suyos Iñaki Uriarte) y en una cuidada edición, lo leí el pasado mes de julio en unas condiciones muy particulares, dentro de una habitación de hospital, mientras alguien estaba a punto se ser sometido a lo que el título, en sentido literal, indica. Ya anticipamos aquí un adelanto de estos diarios que vieron la luz en la veterana revista Cuadernos Hispanoamericanos hace cuatro años. Hacían presagiar lo mejor.
Lo primero que destacaría de este libro es la fuerza de su lenguaje. Uno le explica a sus alumnos, no sin dificultad, que la literatura es, sí, un arte que utiliza las palabras como medio de expresión, pero insiste en la deliberada voluntad que ha de ejercer quien se dedica a ella para elevar a esa categoría el uso común de la lengua. Aquí esa voluntad de estilo, unida a un alto grado de exigencia, es evidente y me atrevo a decir que se antepone a cualquier otra consideración. No es tanto contar como hacerlo de ese modo personal con el que Llera lo hace.
La primera palabra del libro es "escribir" y la cita que lo abre, de Louise Glück. En sus páginas, reflexiones sobre la escritura y la poesía (siempre desde la conveniente humildad de la duda), la enfermedad, los padres y el hijo (Tristán), Extremadura ("la realidad corrosiva de la luz extremeña") y la infancia, los sueños (acaso "la forma más elaborada de la autoficción"), el cine y la lectura. De numerosísimos escritores que van de Rosario Castellanos a Kafka, pasando por Cernuda, Miguel Labordeta (entonces escribía Vanguardismo y memoria: la poesía de Miguel Labordeta, el libro con el que ganó hace unos meses el XVII premio internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria), Cirlot, Lezama Lima, Azúa e, insisto, mil más. Que es un lector, no se puede negar. En el más amplio y hondo sentido. Con criterio, de ahí sus invectivas contra el reseñismo y los reseñistas (que se limitan "a planchar la ropa del autor"), contra la crítica literaria académica (la página que dedica a García Berrio no pasa desapercibida) y periodística. "Lo esencial es el hecho estético", dice citando a Berkeley. O: "Se habla de amor, pero se piensa en la escritura", a propósito del soneto V de Garcilaso. Sostiene que el crítico "bueno" de poesía "se pregunta de qué está hablando en realidad". "Irritables: el colon, el canon".
Aparecen aquí y allá compañeros, profesores (como César Nicolás, profesor suyo en la Universidad de Extremadura, donde Llera se formó) y amigos. Y su primer editor, Fernando Pérez, en la Editora Regional de Extremadura.
No faltan, es imposible, la ironía e incluso el humor, así cuando comenta que el líder de la línea clara, Luis Alberto de Cuenca, firma un prólogo de la obra de Heráclito... el Oscuro.
Se cuelan entre líneas los aforismos: "La atención es la primera forma de amor", "Toda entrevista, la miremos por donde la miremos, es un allanamiento de morada", "Los mejores cobradores del frach: las palabras que hemos dicho", "El Orden siempre lleva una camisa de fuerza", etc.
Elogia, como uno de sus diaristas preferidos, a Miguel Sánchez-Ostiz, toda una pista.
Afirma, en fin, que "Un cuaderno como este también debería contener los moldes de las cosas, solo los moldes y nada más". "Vivir -concluye- es solo un hábito".
Este es un diario que sólo se puede entender, insisto, como artefacto literario, como obra concebida en ese sentido y no como mero acarreo de desahogos, chismorreos, confesiones y anécdotas. Para eso ya están otros.

Un mundo en miniatura, del poeta José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963) no es en rigor un diario, pero, en su rareza, ostenta también esa condición. Ya nos entregó hace poco el celebrado Un año en la otra vida, publicado en su editorial habitual, Pre-Textos, un libro híbrido donde los géneros se entremezclan. Ahora es Renacimiento (el libro está dedicado a sus editores, Marie-Christine del Castillo y Abelardo Linares) quien pone en las librerías, para la inmensa minoría, esta delicia ilustrada con once dibujos originales de Pedro Serna (más murciano y gayesco que nunca). ¿De qué trata? Pues de la vida. Y de su revés: la muerte. De la enfermedad y la lectura, "una manera de activar el pensamiento". "Como pasear", otro ejercicio que practica. Aquí, la poesía y su misterio, los amaneceres y los crepúsculos, la pintura y la música, las cosas y el amor, la felicidad (que "es ahora") y el perdón, el dolor y la angustia, el sueño y la vigilia, la religión y uno mismo. Y todo compuesto a la luz de la lentitud. Tal vez porque "En el trabajo gustoso, constante y sin recompensa encuentro destellos de santidad".
Más sentencias y aforismos que diario, esta miniatura del mundo no decepcionará a los lectores de Mateos ni, me atrevo a decir, a los que nunca se han acercado hasta ese refugio. No en vano, es verdad (la que aquí habita), "la poesía colecciona milagros".

CODA. Otro diario espera. Me refiero a La vida a medias, de Avelino Fierro, de profesión fiscal, publicado por Eolas, como las dos entregas anteriores: Una habitación en Europa y Ciudad de sombra. Lleva un prólogo de otro leonés, Andrés Trapiello. Tras lo ya leído de este escritor escondido y singular (algunas páginas se dieron en la revista Suroeste), no es difícil suponer que nos deparará unas horas agradables de lectura. Seguro. 

12.10.17

Mi hermano Fernando

Este es mi hermano Fernando, el cura, que tomó posesión de su nueva parroquia, San José, el pasado domingo día 1 de octubre. Por eso será recordada esa fecha entre sus familiares y amigos. No pude estar a su lado (volvía uno, de condición estable, de un fugaz viaje a Ibiza), pero de corazón allí estuve. No le faltó compañía. La de mi madre, por ejemplo. Le deseo lo mejor y mucha suerte, aunque los que le conocemos somos conscientes de que esta intención sobra. Espero, en fin, que sus parroquianos y parroquianas no le hagan trabajar demasiado. Carissimo fratello, un abrazo enorme. Seguimos.

11.10.17

Mesanza, Nacional de Poesía

La Opinión de Murcia
“Por insuflar un aire nuevo a la tradición clásica, avanzando en profundidad en esta nueva entrega poética, plena de belleza formal y sentido de la rebeldía ante el pensamiento único vigente” le han concedido a Gloria, libro del poeta Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955), a la sazón director del Instituto Cervantes de Estocolmo, miembro de la Generación de los 80 o de la Democracia, el Premio Nacional de Poesía. Fue publicado el pasado año en la colección Adonais (es miembro del jurado de su famoso galardón). En su momento, sugerí a la redactora jefe de El Cultural una reseña de la obra que ella aceptó de buen grado. Apareció el 14 de abril de este año. 
En el jurado, poetas que han venido defendiendo la particular poesía del madrileño, que durante años fue reuniendo sus poemas al amor de un único título: Europa; así, Luis Alberto de Cuenca (su principal mentor), Julia Barella (que lo incluyó en su singular antología Después de la modernidad) y José Luis García Martín (otro de sus antólogos, que también reseñó elogiosamente el libro). Esto no quita mérito a la decisión, pues eran muchos más los integrantes del alto tribunal lírico. El libro se basta.
Porque me gustan su mundo y su tono, siempre he defendido la poesía clásica de Mesanza. Y a él mismo, ajeno a camarillas, que tuvo que soportar, cuando éramos jóvenes, injustas acusaciones por culpa de sus creencias religiosas y políticas, así como por el tono épico que transmitían sus versos. Sus endecasílabos son inigualables. 
No me olvido, en fin, de los libros de Fermín Herrero, que no he visto (y me extraña) entre los finalistas, y de Jordi Doce, que según las filtraciones (públicas a través de Facebook), quedó entre los últimos aspirantes al Nacional. Lo hubieran merecido, Como, por ejemplo, Juan Bonilla, José Mateos, Verónica Aranda o María Ángeles Pérez López, por citar autores de libros que he comentado y que también figuraban en la lista. Premios. 

10.10.17

Novedad: antología ilustrada

Está a punto de salir. Se trata de una antología de poemas publicados a lo largo de treinta años que ilustra con sus dibujos de línea clara mi paisano Esteban Navarro y está destinada, en principio, a los lectores más jóvenes. No en vano forma parte de la colección El Pirata (de la Editora Regional de Extremadura), impulsada por el Grupo de Investigación LIJ de la Universidad de Extremadura (que forman los profesores Barcia, Parejo y Soto). Hace el número 4, tras los libros de Espronceda, Ada Salas y Carolina Coronado. Los dos primeros están ilustrados por Fermín Solís y el de la poeta romántica de Almendralejo, por Navarro igualmente. A uno le gusta cómo ha quedado. Por el conseguido trabajo de Navarro, mayormente. Ojalá les agrade también a sus presuntos lectores. De cualquier edad. 


8.10.17

Carta de Ibiza

Salí de clase, comimos algo en casa y antes de las tres ya estábamos camino de Barajas. Dos vuelos, dos destinos. Nuestro hijo Alberto se iba a Sofía, en Bulgaria; nosotros, a Ibiza. Una estancia larga y otra breve. La casualidad quiso que al día se uniera la hora: los dos aviones partieron a las siete y media. Aún con la congoja de la despedida, el vuelo a la isla fue tan corto como plácido. Al llegar, ya era noche cerrada. A las nueve estaba prevista la lectura en el Museo de Arte Contemporáneo (MACE) dentro del VI Ciclo de Lecturas Poéticas 2017. La pericia al volante de Pepita Escandell, que nos esperaba en el aeropuerto, nos permitió llegar con puntualidad a la cita. Si suelo leer deprisa, esa noche más. Demasiadas emociones. Mucha velocidad. A las atinadas palabras del coordinador del ciclo, el poeta y crítico de arte Enrique Juncosa, siguieron mis poemas y las consiguientes claves y acotaciones. Salvo el primero, "Mediterránea", escrito a partir de un comentario personal de Antonio Colinas, que residió durante años en Ibiza, en el que recalcaba el parecido paisajístico entre el norte de Cáceres, mi territorio, y el del interior de la isla, ambos "reinos de la huidiza lagartija", salvo el primero, decía, los poemas que leí pertenecen a mi nuevo libro, aún inédito: El cuarto del siroco. Lo ya publicado está en las librerías y en las bibliotecas (y hasta en internet), de ahí que prefiriera ofrecer una primicia a quienes tuvieron la amabilidad de ir a escucharme un viernes por la noche. Siempre lleva uno a mano la frase de Gamoneda, que nos contó la anécdota. Me refiero a la de saludar a los asistente a las lecturas, la inmensa minoría, con aquello de "distinguido público" y añadir: "y digo distinguido porque os distingo perfectamente a todos". Bromas aparte, tuve la suerte de verme rodeado de no pocas personas en aquella placentera "conversación en la penumbra" (Eliseo Diego dixit), el número habitual en cualquier parte cuando uno no es del exitoso grupo de los marwanes y las sastres. Al terminar mi lectura, por supuesto breve, Juncosa propició un sugerente diálogo que ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir.
Al salir del bonito museo, nos acercamos a cenar. En la mesa redonda de Ca n'Alfredo, Elena Ruiz Sastre -directora del MACE-, Totona Sert -sobrina del arquitecto catalán Josep Lluís Sert y dueña de Sa Totona-, el citado Enrique Juncosa, el poeta ibicenco Ben Clark (que había leído el día anterior), Yolanda, y yo. En medio de una animada conversación (donde no faltó el espinoso asunto catalán), me comí una exquisita rotja (o cabracho), probé unos calamares estofados y, ya al final, apenas di unos bocados al surtido de tradicional repostería ibicenca. Pisamos la habitación del hotel ya de madrugada y el sueño sólo se vio interrumpido, a eso de las cuatro de la mañana, por una típica discusión de pareja en el cuarto de al lado. 
Ben, que participará el año que viene en Centrifugados, nos facilitó un coche para el sábado. No hay mejor plan para visitar una isla que tiene 41 kilómetros de norte a sur y 15 kilómetros de este a oeste, según la informada Wikipedia. Empezamos por Santa Eulària, que atravesamos sin más, y seguimos por Sant Carles de Peralta donde nos topamos, sin previo aviso (íbamos a la aventura), con el mercadillo hippy de Las Dalias. Lo peor, la cantidad de coches y personas que por allí pululaban. Fue un alivio seguir viaje y ver con calma la preciosa iglesia del pueblo. Más tarde nos dirigimos a Es Figueral, frente a la islote de Tagomago, donde nos dimos unos baños. En una tienda nos aprovisionamos de crema solar y toalla. Aguas limpias, plácidas y transparentes que en poco se parecen a las más bravas y saladas que encontramos cada verano en el atlántico y habitual Conil. Por suerte, apenas había gente. No quiero pensar cómo se pone ese coqueto lugar en verano. Después, nos fuimos a comer un arroz estupendo en Cala Boix. Todo a un paso. La tarde se nos fue en recorrer Sant Joan de Labritja, Portinatx (que me encantó, donde tomamos un café mirando al mar), Sant Miquel de Balansat (en fiestas, con una imponente iglesia en lo alto) y otros pueblos que fuimos encontrando por carreteras intrincadas y secundarias que en nada envidian a las de aquí en lo que respecta a las curvas. Lo mejor, el paisaje. Semejante, sí, en muchos aspectos al de la Extremadura del norte. Vimos viñas, zarzas, higueras, almendros y olivos. Algunos surgen entre rocas, como nuestras encinas. También algarrobos y sabinas. Y pinos, muchos pinos. Bosques de pinos que habrían hecho las delicias de Francis Ponge. Y casas emboscadas con piscinas y jardines donde uno se imagina un modesta representación del paraíso. Aunque nunca había estado en Ibiza, ese paisaje era para mí reconocible. Está en los poemas de mis poetas ibicencos preferidos: Marià Villangómez (vi una calle dedicada a él en Sant Miquel, donde más tiempo ejerció la docencia), Antoni Marí, Vicente Valero, Ben Clark... Y Colinas, claro. O W. Benjamin, que no fue poeta, pero que lo parecía. Terminamos la excursión en Sant Antoni de Portmany, que nos decepcionó un poco. Traíamos demasiada naturaleza idílica en la mirada. Ya en la capital (con un número de habitantes censados muy parecido al de Plasencia, por cierto, al que hay que sumar el de los turistas), salimos a dar un paseo por el puerto, que se veía desde nuestro balcón, y a cenar algo en una de las terrazas de la Plaza del Parque, muy animada. Ya nos explicaron lo de "los cierres", esto es, la clausura de la temporada de discotecas. En el Diario de Ibiza vi un suplemento especial dedicado al tema que me dio la verdadera dimensión de ese negocio del ocio. Dentro de poco la ciudad será otra. Y la isla.
El domingo, en el desayuno, la anécdota de 1-O, dizque referéndum. Una señora con una niña pequeña, al pasar delante de la mesa de al lado, le espetó con desprecio a un señor mayor, que había estado comentando en voz alta (imprudente) y con acento andaluz lo que veía en su tableta sobre los acontecimientos de Barcelona: "¡ignorante, ignorante!". Su tono era de insulto. Su cara, un mal poema. A nosotros, que no habíamos dicho ni pío, nos miró también con conmiseración. Es lo que tiene creerse de una casta superior.
Después, un poco desconcertados, de nuevo paseo por el centro (me gustan los lugares con murallas) y vagabundeo por el puerto para ver barcos y yates con dulces promesas de sitios lejanos y de vidas distintas. Y vuelta al aeropuerto, y a Madrid, y a casa. Qué poco dura lo bueno. En fin, algo es algo. Amigos de Ibiza, gracias. Y a la pobre poesía, verdadera culpable de la efímera escapada. 

5.10.17

Sobre la poesía de Louise Glück

Aunque apenas escribo reseñas para el blog y leo a otro ritmo, me sigue costando sacar adelante muchos libros que se amontonan encima de la mesa casera de novedades. Voy haciendo pequeñas pilas con los volúmenes que no siempre, ya digo, menguan según lo esperado. Además, salvo que se imponga un encargo, nunca fuerzo una lectura.
Por Louise Glück (Nueva York, 1943), cuya última entrega llegó el pasado mes de enero, siento una admiración indeclinable y sin embargo... Le he sido fiel desde que su editor español, Manuel Borrás, me recomendara El iris salvaje. Apareció en 2006. Luego he venido comentando aquí los libros que la casa valenciana le ha publicado. Con éste, seis. Praderas (que, por cierto, no hace referencia a las del campo sino a Meadowlands, el antiguo estadio de los Giants) está traducido por el poeta Andrés Catalán (que acaba de publicar la poesía completa de Robert Frost, 868 páginas, y está a punto de sacar la de otro Robert genial: Lowell, 2.000 páginas). No me ha decepcionado. La poesía de Glück fomenta, o eso creo, la perplejidad. Un estado de ánimo, personal e intransferible, que ha contado con un cómplice necesario, justo es recalcarlo: el traductor. Antes que él, también lo fueron quienes nos han acercado al castellano la manera de decir de la autora neoyorkina: Gragera, Chirinos, Rosenberg y Peyrou. Muñoz Molina, tan amigo de la poesía ultramarina del norte (Simic, Ashbery), ya está tardando en descubrírnosla en una de sus columnas de Babelia, o lo mismo ya lo ha hecho y no me he enterado. 
Los poemas de Praderas siguen un patrón. Relacionado con los personajes odiseicos de Penélope y Telémaco, sobre todo, si bien no faltan las figuras de Ulises (aquí Odiseo) y Circe; y por las "parábolas" que contiene. Algunas tan logradas como la de los cisnes ("mientras / el macho creía que el amor / es lo que uno siente en su corazón / la hembra creía / que el amor es lo que uno hace"), el vuelo o el regalo.
A Telémaco le dedica numerosos poemas. Alude en ellos (desde el título) a su desapego, sus remordimientos, su bondad, su dilema, su fantasía y su confesión. De Penélope resalta su terquedad. Más allá de este tipo de poemas escritos mediante el recurso del monólogo dramático (habla de ellos, pero también de ella), destacaría los que dedica al amor y al desamor, al matrimonio y a la pareja. Como "Puerto deportivo", El deseo más sincero", "El deseo" ("Pedí lo que pido siempre. / Pedí poder escribir otro poema") o "El sueño". No falta la sutil ironía marca de la casa y cierto, sereno desgarro. Todo, claro, desde la elegancia que caracteriza a esta mujer. Y la inteligencia. En "Nostos" leemos: "Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. / Lo demás es memoria". En "Parábola de la paloma": "cambia de forma y cambiarás de naturaleza. / Y esto es lo que nos hace el tiempo". Y en el precioso "Mañana lluviosa": "Todos podemos escribir sobre el sufrimiento / con los ojos cerrados".
El tono conversacional, incluso con fragmentos dialogados, dota a estos versos de esa genuina naturalidad a que nos tiene acostumbrada la mejor poesía estadounidense.
Los libros de Glück despiertan en uno la inmediata necesidad de relectura. Porque soy consciente de que a la primera no agotan su potencial poético y porque su poesía es, en mi caso al menos, adictiva.  Puede que por eso le perdone lo que tiene de oficio. Sus temas reiterados y la repetición de metáforas, ritmos y estructuras: el taller. Como bien dice su traductor: "Eso no quita para que pocos tengan la agudeza (y a la vez, delicadeza) de análisis psicológico que tiene ella. Aún así, creo que tiene cosas provechosas para un lector/poeta/tradición español(a): esa forma de construir el relato de una experiencia a base de destellos y puntos de vistas diferentes, sin caer en lo puramente narrativo ni lo puramente lírico (o precisamente porque cae en las dos a la vez), me parece algo de lo que podríamos aprender".
Si no tiene formada una opinión, lo tiene fácil.


3.10.17

JRJ


Historias
Juan Ramón Jiménez
Ed. de Rocío Fernández Berrocal.
Fundación José Manuel Lara. Vandalia. Sevilla, 2017. 240 páginas y 8 láminas.

La Obra (así, con mayúscula) de JRJ es un pozo sin fondo. Su vida, otro tanto. ¿Cómo separar  una de otra? Una vida, por cierto, dedicada en exclusiva y con fervor a aquella. A escribirla y a pulirla, sometiéndola a una corrección reiterada y obsesiva (“corregir es revivir”). Obra en marcha. Poemas “abiertos”. A pesar de que publicó mucho, “su obra lo sobrepasó” y sigue siendo imposible hablar a estas alturas de “obra completa”. Sí, son numerosos los manuscritos aún pendientes de edición y esos originales ni siquiera se han terminado de catalogar. Con todo, poco a poco, con el rigor que el Nobel hubiera exigido, ven la luz algunos proyectos de esos libros que dejó en carpetas. Este, uno de tantos, compuesto o “reconstruido” a partir de la depositada en la Sala Zenobia-JRJ de la Universidad de Puerto Rico y otros materiales del Archivo Histórico Nacional, fue escrito entre 1909 y 1912, revisado en 1921, cuando lo dio por concluido. La ejemplar edición, el extenso y minucioso prólogo, así como las notas y los apéndices, las fuentes y las variantes, tienen la firma de Rocío Fernández Berrocal. Se publica en la misma colección que Por obra del instante. Entrevistas, otra delicia juanramoniana, con la colaboración de dos instituciones catalanas: la Fundación Sabadell y el Fondo Antonio López Lamadrid. Cuando parece que el poeta abandona por fin el purgatorio al que este país anómalo le había condenado.
Consta de 61 textos de los cuales 27 son inéditos. Está escrito en su época preferida: “cantora, sencilla pero completa, de verdadera poesía natural, directa”, le confesó a Guerrero Ruiz. La de Platero y yo, con el que tiene tantas concomitancias. La que termina conDiario de un poeta recién casado, un hito de la moderna poesía española. La que empieza al volver (nostálgico de Andalucía, cansado de Madrid y en plena decadencia económica familiar) a Moguer, el centro de su mundo. Su paisaje. Un periodo de gran intensidad creativa en el que publica los ocho “libros amarillos”. Allí se retira. Son siete “años de soledad y silencio”, según Fernández. “Soñando bajo un pino”, matiza JR. En plena encrucijada, entre tresismos: el Romanticismo (que se va), el Modernismo (que permanece) y el Simbolismo (que llega). A favor de una poesía definitivamente “pura”. Honda y exacta. De raíz popular. Hacia sí mismo: “Usted va por dentro”, le dijo Rubén Darío.
Consta de cuatro secciones. La primera, «Historias para niños sin corazón», da cuenta de la predilección del poeta por los niños. Por “lo más puro”. En la infancia (“edad de oro”, Novalis dixit). Por los débiles, discapacitados y sufrientes. Son poemas escritos desde la compasión, al amor del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y su “pedagogía íntima” (Giner de los Ríos). Qué bien irían, ay, en los libros de Lengua de Primaria.
La segunda, «Otras marinas de ensueño», reúne treinta poemas inspirados en el mar de la Bahía de Cádiz (“hacia el sur infinito”) y el de Arcachon. La del colegio y la del sanatorio, dos estancias fundamentales en su biografía. (Cinco de ellas fueron publicadas en El Cultural en 2008.) Brilla aquí el poeta elegíaco que siempre fue. El melancólico. El musical a lo Verlaine: cosa de oído. Un maestro en lo métrico y en lo estrófico.
«La niña muerta» es el corazón de este libro sentimental. Versos dedicados a su sobrina María Pepa, que falleció a los 26 meses de vida. Al fondo, uno de sus temas eternos: el de la muerte. Desde la de su padre. La emoción es aquí, con la debida naturalidad, sublime: “Yo la tuve cojida por la mano…”
«El tren lejano», por fin, refleja al poeta viajero. El que va en tren a Sevilla y al del viaje interior, el de verdad. “¡Qué cerca está lo lejos!”.
Por “actual, vivo, eterno”, JRJ es, tal su propia definición, un clásico. Este libro vuelve a acreditarlo.

Nota: Esta reseña se publicó el pasado viernes, 29 de septiembre, en El Cultural.

2.10.17

Gomá dixit

Serrano Arce/ABC
Javier Gomá, autor de Inconsolable, escribió hace unos meses una carta a sus hijos en una sección que me gusta, Carta blanca, de El País Semanal. Una carta póstuma, cabe añadir. Al principio leemos: "He sido vuestro padre mientras vivía y no tengo intención de dejar de serlo ahora solo porque haya muerto. La paternidad no declina, ni siquiera por la circunstancia de la muerte. Aunque naturalmente muta y estas líneas son para explicar ese cambio". Y ya al final: "¿Que cómo pretendo que esta carta no sea leída hasta después de mi muerte si ya ha salido publicada en un periódico global? Porque, entre las lecciones de vida que he transmitido a mis hijos, está la de leer solo por placer. Y he observado que tienen la sana costumbre de no leerme". (Lo que a uno, por cierto, le tranquiliza.)
En otro sitio ha dicho algo también muy sensato: "Cuando se escribe, hay que ir ya llorado". Me refiero a su conversación con Borja Hermoso publicada en El País. Y ayer mismo, aciago día, cuando Luz Sánchez-Mellado, también en el periódico madrileño, le preguntaba cuál es la palabra del siglo XXI, el filósofo y muchas cosas más respondía: "Elegancia, porque hoy no se trata sólo de ser libres sino de elegir bien. Y eso es la elegancia". 

26.9.17

Apostilla

"La pecera", de Herbert List
Sí, conviene añadir una acotación a la entrada de ayer. "¿Y Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y Jaime Gil de Biedma?", me preguntaba una lectora y amiga después de leer "De poética política". Como me refería a la poesía catalana, di por hecho que era la escrita en catalán, cuando lo justo y necesario es recordar también a los poetas catalanes en lengua castellana o española. Siempre. No lo son menos. Sin embargo, han sido los excluidos permanentes. Por ser, claro, más españolistas que los muertos que citaba ayer. Y eso que la peor parte se la llevan los vivos. Alguno de estos ha firmado el manifiesto '1-O Estafa Antidemocrática'. La aclaración, ya digo, tal vez sea pertinente. 

25.9.17

De poética política

Pensaba uno ayer, mientras daba el paseo, que estos energúmenos de fe independentista y cerril, anticosmopolitas de raíz, dizque de izquierdas (a favor de las fronteras, no de la Internacional), pero más tradicionales que la barretina y los castells, no serán capaces de hacer que uno abjure de la amada poesía catalana ni de sus admirados y admirables poetas. Por separatistas que fueran o sean. A pesar de que acaben declarándola suya y sólo suya, como todo. Ellos podrán vivir sin leer a "españolistas" como Machado o Garcilaso. Uno, sin embargo, no puede renunciar a los versos de Espriu, Foix, Manent, Riba o Vinyoli, por hablar sólo de muertos. Sí, algunos, por suerte, no estamos ciegos. De odio, mayormente.

Si hay un término que me gusta es el que acuñó el profesor y crítico Ángel L. Prieto de Paula para referirse a los poetas de mi generación, los "de la democracia". Sí, de pocas cosas se siente uno más orgulloso que la de pertenecer a ese nutrido grupo de españoles que publican sus primeros libros en libertad. De expresión, sobre todo. De ahí que me moleste tanto que algunos (podemitas y catalanistas, entre otros) usen con desprecio lo de "régimen del 78". Como si no se hubieran beneficiado de ese hito histórico. Qué sería de ellos, de nosotros, sin la denostada Transición y sus fructíferas consecuencias. Ay.

Lo dice en su último libro el poeta argentino Pablo Anadón: "la patria, esa nostalgia". 

20.9.17

Cosas que no entiendo

Que Pedro Sánchez haya fichado a Iván Redondo, Chief Executive Officer and Political Consultant Redondo & Asociados Public Affairs Firm; vamos, el gurú que llevó al poder al PP extremeño de la mano de Monago y de cuyo gobierno formó parte. Es, además, un movido tertuliano televisivo.
Se le atribuyen ideas que se materializaron en numerosos despropósitos y extravagancias protagonizadas por el líder popular. Vara no da crédito. Valentín García cree que es un error. Alonso de la Torre le saca punta a la noticia a ritmo de rap.

Que, a diferencia de lo que ocurre en el ámbito estatal (por ejemplo en los Premios Nacionales o el Cervantes o, aquí, cuando los Premios Extremadura a la Creación) y en el resto del mundo autonómico, la entrega de las máximas condecoraciones de la Comunidad extremeña no sea un acto íntimo, sencillo y solemne, sino un evento bastante populachero, rebuscadillo y ruidoso donde al público se le anima a comportarse, digamos, como en el fútbol.
Tampoco comprendo que cada año se estrene en ese espectáculo una versión distinta del himno regional, a cada cual más pintoresca. ¿Pasa en otros lugares?

Que la poetisa de moda, nuestra salvación lírica, participe en el Hay Festival de Segovia, un foro, o eso creía este ingenuo, de excelencia, alta literatura y pensamiento. Sugiero que a partir de ahora la cosa se denomine Ay, Festival.

Que siga sin llover, querido Pablo. A cántaros.

De lo de Cataluña, ¿qué entiende uno?

Nota: La ilustración es de J. R. Goodwin.